Puros Cuentos

Cuentos breves con alma larga. Aquí las historias respiran lento, entre lo cotidiano y lo imposible.

NIÑA

Me dijeron que esperara y me hice de madera. Me senté sobre las raíces de un árbol viejo, apretando mis rodillas; acatando el encargo de mis padres, esperé. Esperé tanto que mis piernas se volvieron corteza y mi sangre, savia espesa y lenta. El bosque, que es un laberinto de lamentos, se fue tragando las voces, borrando los rastros y masticando el tiempo.

Las ramas cedieron con un chasquido seco, y de la sombra brotó una masa informe de pelambre oscuro como musgo y ojos que ardían como brasas. Me encogí entre las grietas del tronco, segura de que el próximo zarpazo me haría trizas. Él arrancaba astillas, pedazos enteros de corteza, ignorándome con la misma indiferencia con que siempre me ha mirado la eternidad.

Oscureció y el viento desapareció. Brotaron del suelo sombras deslavadas, sin rostro. Se arrastraron por la hojarasca seca hasta filtrarse en las grietas del tronco. El frío me mordió los pies, directo al hueso. Se me metieron por dentro y sentía como si me masticaran el alma. De pronto, un bramido que no era de este mundo sacudió la madera y deshizo la negrura. El silencio regresó, pero yo me quedé allí, bien apretada contra la tierra y sin aliento, esperando a ver qué cosa había soltado aquel trueno. Era la misma bestia de antes. Salí de mi escondrijo muy lentamente y me arrastré hasta su pata inmensa. Tuve que quebrar el cuello para mirarlo.

No sé por qué, pero su presencia me tranquilizó; había algo en su pelaje que parecía vibrar con una música sin sonido.

—¿Me puedes llevar con mi papá? —pregunté. La criatura bajó su enorme cabeza, tanto que su aliento de fiera antigua me revolvió el cabello. —No conozco a tu papá —dijo, con voz de trueno manso—. No puedo llevarte. —Dijeron que los esperara… y fui buena. Esperé, pero nadie vino y… tengo miedo. —El bosque no sabe nada de ser buena —retumbó—. Y nadie está en ninguna parte aquí. Debes seguir, niña; las cosas quietas nomás se marchitan.

Echó a andar. Corrí tras él y, con mis manos de niña, logré rodear apenas su dedo meñique. —Las niñas no deben andar solas —le dije—. Hay monstruos feos que me quieren hacer daño. Se detuvo de golpe. Me miró de reojo. —¿Y yo qué soy? —Tú me salvaste. —Ya no hay nadie caminando por ahí, niña. Solo estamos tú y yo. Apreté su dedo duro. —¿Las sombras se comieron a todos? —No lo sé. —¿Y por qué no ayudaste a mis padres también? —No lo sé… solo te puedo ver a ti. —¿Y por qué solo me puedes ver a mí? —No lo sé. Quizás porque nos parecemos un poco. Yo arrugué la nariz, sin entender cómo decía aquello. —No nos parecemos. Tú estás bien feo.

Su risa sonó como si se derrumbara un cerro. —A veces hay que tener esta cara para espantar sombras. Pensé que tenía razón y me callé la boca. A mí misma me había sacado un susto al principio. Seguimos caminando bajo una maraña de ramas que rasguñaban el cielo y me aferré con más fuerza con mis dos manos.

—Ya no te preocupes, los verás una vez más. —¿A quién? —A tus padres —dijo con voz de monte—. Los encontrarás más tarde, cuando llegue el tiempo. Y entonces ya no me necesitarás más, y me iré.

Eso que dijo me hizo sentir extraña. Yo quería encontrarlos, pero no me gustó pensar que entonces la bestia se iría. Todavía le tenía miedo a sus garras, pero su voz me daba paz. Me gustaba estar cerca de él porque me hacía sentir segura; aquella montaña de silencio me protegía de ese laberinto encantado.

Caminamos así, no sé si días o siglos. El tiempo en el bosque se queda distinto. Fui descubriendo los secretos de la tierra, vi seres de fuego, presencié la alquimia que latía bajo la hojarasca, y a los espíritus que sostienen las raíces del mundo; conocí, incluso, a una criatura diminuta, que llevaba a cuestas el oficio de ir encendiendo, uno a uno, los colores. Crecí despacio, como crecen los árboles. Aun cuando dejé de ser niña, seguí caminando aferrada al dedo de mi bestia.

Ese día había flores moradas a la orilla del río; nunca había visto iguales a esas. Pensé o sentí que justo se acababan de aparecer a mi paso. Me incliné para mirarlas de cerca; era un ramo silvestre que contrastaba con lo cristalino del agua que apenas contenía mi reflejo. Me acerqué sin casi reconocerme, y allí, en el agua, vi la cara de mis padres latiendo en mis propias facciones, asomándose en la curva de mis labios y en el pozo de mis ojos. Me quedé allí sintiéndome niña nuevamente y, al mismo tiempo, sentí un fuego que calentaba mi alma desde dentro. Cerré y abrí los ojos para guardarlo todo, y la sombra inmensa de la bestia arropó mi reflejo. Se asomó justo por encima de mí. Por un instante, el agua me devolvió un milagro: su pelaje era luz y sus ojos ardían con una claridad muda, celestial, como si contuvieran el universo entero.

Volteé de golpe para buscarlo. Ya no estaba. Nomás quedó la espesura, meciéndose todavía tras su rastro invisible.

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