Me siento como un intruso en la morada de mi propia existencia. Algunas veces prefiero marchar de puntitas, para no ser visto, para no ser intruso. Soy intruso en las banquetas, en los pastos, en los escritorios y en cada silla. Lo que me hace intruso no es la fuerza con la que discurro, sino mi supervivencia. Me introduzco a cada rato en donde sea, y en donde sea soy intruso. Me siento como una esfera vasta, invisible y peregrina que se entromete en la permanencia muda de las gentes. Fui intruso de niño, de hijo y de padre, también lo he sido de hombre, y en todos los siempres. Algunas veces pienso inútilmente que otros han sido intrusos, pero aquí no hay más que las huellas de mis pies y la oscuridad.
No recuerdo cuándo apareció. Simplemente, un día estaba ahí, en la pared contigua a mi cama, una sombra oscura que parecía más una imperfección de la luz que una marca en la pintura. Al principio la ignoré. Era una casa vieja, llena de humedades y fantasmas de vidas pasadas. Pero esa mancha no era como la humedad; no se expandía con la lógica de un hongo, sino con la de un pensamiento.
Desde mi perspectiva eterna, yo observaba. Veía en el mundo de los hombres, un tapiz de movimiento y color puro. El calor del sol era una presencia en la piel y la luz pálida de la luna invitaba a la quietud del alma; una calma completa en su propio ser. Las criaturas humanas se movían por instinto, sus manos y sus ojos lo decían todo. Yo sentía en ellos un vacío, una pregunta profunda, oculta incluso para ellos mismos.
Siempre estuvo ahí, abierta: la ventana. No recuerdo haberla visto cerrada ni una sola tarde. Daba justo a la calle, aunque la casa no miraba a nadie. Era como un ojo sin párpado, inmóvil, vigilante.
Nadie recordaba la última vez que la fe había paseado por las calles de aquel pueblo. El cura dormía en misa, los santos de yeso estaban cubiertos de polvo y, decían, hasta los muertos se negaban a aparecer en sueños. Las campanas de la iglesia sonaban solo cuando el viento quería, y los rezos eran fórmulas vacías, repetidas casi por compromiso, como si hablaran con un dios sordo o jubilado. En ese lugar, donde los milagros eran parte del olvido, llegó un anciano sin nombre ni linaje, un día de abril en que la lluvia no caía, pero el cielo tenía la textura de un llanto contenido.
Entré a la bodega de la antigua casa familiar al filo del mediodía. El calor de mayo fundía el aire hasta volverlo una masa densa, y mis pasos sobre el piso de cemento retumbaban con un eco apagado. Llevaba meses posponiendo la tarea de revisar las cajas polvorientas que mi madre había dejado tras su muerte. Había crecido rodeado de esos objetos sin valor aparente, y su energía acumulada me provocaba un dolor punzante en el pecho. No reconocía la mitad de lo que veía, aunque los recortes de fotografías familiares y la ropa vieja se aferraban a mí como reproches mudos.
No voy a negar que me sorprendió la primera vez. Caminaba por la brecha que sale del viejo camino al cerro, cuando algo rojo y mínimo, flameando contra la señal de ALTO, me detuvo en seco. Era una tanga diminuta, amarrada como si fuese un trofeo o una advertencia. No tenía forma de saber si era ofrenda, burlona despedida o simple olvido.
Salí muy temprano de la casa el día que iba a morir, agarré la moto de mi padre, el dinero que había debajo de la alfombra y me fui directo a joderme la vida.
Hacía tres noches que se aparecía esa cosa en mi cuarto. Se sentaba al pie de la cama y me contaba historias de mi propia existencia, como si fuera el dueño de cada uno de mis recuerdos. Olía a tierra húmeda, y su voz, ronca, parecía arrastrar un eco largo de cementerio.
La bruma había calado tanto en el pueblo que uno no podía decir con certeza dónde terminaba la neblina y dónde empezaba la piel. Aquella tarde, mientras el sol luchaba por atravesar el velo espeso del cielo, un pájaro insólito irrumpió en el silencio: sus plumas eran un laberinto de escamas doradas y su cresta, erguida como un fuego congelado, parecía condensar en un solo destello toda la luz que el atardecer había extraviado. Cayó de golpe sobre la tierra polvorienta, con la majestuosidad accidentada de quien ha viajado demasiado lejos.
La mujer llegó al pueblo al anochecer. No recordaba cuánto tiempo había caminado ni de dónde venía exactamente. Solo que sus pies estaban hinchados y su sombra se alargaba sobre el polvo como si no quisiera seguirla más.
Golpeó la puerta de la primera casa que vio. Una anciana la miró con ojos grises y la dejó entrar sin preguntar nada.
Los monstruos solo existen en la inexistencia del propio monstruo. En la sombra que se estira cuando nadie la mira, en el reflejo que se quiebra apenas con el parpadeo. Son la grieta en la pared donde nada debería estar, la respiración que se escucha en el cuarto vacío. No tienen forma hasta que se les nombra. No tienen nombre hasta que se les teme.
Las horas transcurren aun sin mi consentimiento y las entrañas se me apretujan en un intento por llenar espacios.
Los años que antecedieron el centro de mi juventud, estaban repletos de días golosos en aquel piso tapizado de plata. Con cierta fortuna compramos una pila de chatarra, perfumada con aroma de manjar. No sabía que la abundancia me arruinaría sin dejar de precisar las delicias de la cúspide de mi juventud temprana.
Cuando era un niño y mi papá tenía la edad que tengo hoy, mi abuelo murió.
A veces, cuando el crepúsculo se funde con la oscuridad y las primeras estrellas comienzan a titilar con timidez, mi mente viaja a una noche en particular de mi infancia. Una noche en la que, con la inocencia propia de mis cinco años, hice a mi padre una pregunta que, ahora me doy cuenta, llevaba el eco de muchas vidas: «¿Desde cuándo te conozco, papi?»
Hace tiempo te conté cuando un perro atacó a mi hermano. Éramos niños, yo tenía nueve y él siete. Mi papá nos llevaba al parque cercano. A veces andábamos en bici, otras jugábamos futbol, usábamos la avalancha o simplemente hacíamos cualquier cosa divertida. Ese día fuimos a jugar
El periódico sobre la mesa anuncia mi muerte. Mi nombre aparece en el titular, acompañado de una foto borrosa de un coche destrozado. Según la nota, morí en un accidente en la carretera a Ejutla. Lo leo despacio, buscando encontrar una explicación que encaje con mi presencia. Siento el papel en mis manos, el peso del hambre y la nuca fría.
Recuerdo aquella tarde nublada de marzo, el parque casi vacío, las hojas danzando con el viento frío que picaba la piel. Tenía siete años y un miedo atroz a los truenos que amenazaban con romper el cielo. «Mamá, ¿y si el cielo se cae?» pregunté, con la mirada perdida en las nubes que se arremolinaban como los pensamientos en mi mente.