Puros Cuentos

No prometo nada. Solo cuentos. Puros cuentos.

EDUARDO LEÑERO

Bonetería

No voy a negar que me sorprendió la primera vez. Caminaba por la brecha que sale del viejo camino al cerro, cuando algo rojo y mínimo, flameando contra la señal de ALTO, me detuvo en seco. Era una tanga diminuta, amarrada como si fuese un trofeo o una advertencia. No tenía forma de saber si era ofrenda, burlona despedida o simple olvido.

Regresé a casa con esa imagen rondándome la cabeza. Recordé cuántas veces he reflexionado sobre objetos insólitos que irrumpen en la cotidianidad —como aquella noche en la playa, cuando creí ver una silueta surgir de las olas, o la tarde perdida en la ciudad vacía, en la que un paraguas abandonado me habló de soledad—, y me di cuenta de que esta pequeña prenda contenía un misterio con la fuerza suficiente para robarme el sueño.

La segunda aparición fue más directa: otra tanga, esta vez verde botella, colgando del letrero vencido que indica la entrada al río seco. Aquella vez fui incapaz de ignorar la prenda: la toqué con la punta de los dedos, sentí la textura casi deshecha por el sol y pensé en lo efímero que puede ser un momento pasional, un arrebato, una promesa.

De pronto, me entró una duda incómoda: ¿acaso alguien dejaba estas tangas intencionalmente para trazar un camino, un rastro? Como si en vez de migas de pan, fueran trozos de tela insinuando un sendero, una especie de búsqueda… ¿O se trataba de simples actos fortuitos, fruto de desmanes o travesuras de carretera?

Empecé a fijarme más. En un poste derruido encontré una tercera prenda, negra y con encaje delicado, que parecía nueva en comparación con las otras. Me invadió una especie de escalofrío al pensar en el contraste: la tela fina y sugerente contra el óxido del metal. Un pedazo de intimidad frente a la indiferencia pública.

No lo pude evitar: me puse a buscar respuestas. Pregunté a uno que venía de allá, y a otro que ya se iba, quienes se encogieron de hombros con una mezcla de pudor e incredulidad. “Quién sabe, joven, la gente hace cada cosa…”, fue la única respuesta que obtuve. Me sentí igual que en aquella madrugada muda, cuando me topé con la indiferencia de un pueblo entero que vivía como que la vida fuera un secreto.

Algunas tardes, entre el tedio de la rutina y la curiosidad que me impulsaba a indagar más —un impulso que terminó sepultado bajo mis dudas—, me aventuraba por la carretera y el cerro con la cámara y una libreta. Anotaba cada hallazgo: color, textura, ubicación. De alguna forma, intentaba recrear las posibles historias: ¿una discusión de pareja? ¿Un ritual de libertad? ¿Una broma macabra?

Llegué a juntar hasta doce “avistamientos”. Los guardé en mi memoria como quien colecciona postales de un viaje sin mapa. A veces me reía de mí mismo, pensando: “¿En qué momento me convertí en un rastreador de tangas olvidadas?”. Pero la verdad es que cada prenda me encendía la imaginación. Sentía que en cada hebra había una confesión, un destello de vida que alguien dejó anunciado.

Un día, encontré una tanga rosa pálido amarrada a un retoño muerto. Una ráfaga de viento la agitaba, y por un instante me pareció que intentaba hablarme. Fue una sensación tan vívida que me hizo retroceder. Quizá llevaba demasiado tiempo en esta búsqueda absurda.

Volví sobre mis pasos con la certeza de que hay misterios que no necesitan resolverse por completo. Tal vez es suficiente saber que existen, que vibran en lo cotidiano; que cualquier detalle —una prenda mínima, una palabra al pasar, un gesto a contraluz— puede rasgar el velo de la realidad y dejar al descubierto el sinsentido, la belleza o la pasión que habitan los días.

Cada prenda colgada al borde del camino recordaba un impulso o un descarte que rompía la costumbre. Más de un viajero pudo haberlas notado y seguido de largo, cargando con la duda de quién las dejó o por qué. La tela ondeaba, y bastaba con observarla para preguntarse hasta dónde llega lo íntimo cuando se asoma al aire libre.

Nadie ofreció una respuesta definitiva sobre esas tangas dispersas. Quedaban allí como un testimonio de lo humano: gestos urgentes, caprichosos o quizá demasiado simples. Alguien decidió prescindir de una prenda y, sin proponérselo, dejó un trazo peculiar en el paisaje. Y es posible que el verdadero enigma surja en la mente de cada curioso que advierte su presencia.

Posted in ,

Deja un comentario

Descubre más desde Puros Cuentos

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo