
No recuerdo cuándo apareció. Simplemente, un día estaba ahí, en la pared contigua a mi cama, una sombra oscura que parecía más una imperfección de la luz que una marca en la pintura. Al principio la ignoré. Era una casa vieja, llena de humedades y fantasmas de vidas pasadas. Pero esa mancha no era como la humedad; no se expandía con la lógica de un hongo, sino con la de un pensamiento.
Crecía hacia adentro. Cada mañana era un poco más densa, un negro más profundo, un negro que se tragaba la luz y no la devolvía. Me encontraba observándola por horas, hipnotizado. Sentía que respiraba, que tenía un pulso lento y profundo, sincronizado con algo dentro de mí que yo mismo desconocía. Era una conversación silenciosa. La mancha era mi confidente y mi vacío, un espejo opaco donde se reflejaba todo lo que yo no me atrevía a nombrar. Mis amigos me decían que pintara la pared, que era una simple mancha. Pero ellos no lo entendían. Quitarla de ahí se sentía, de algún modo, como una amputación.
Y una mañana, ya no estaba.
El espacio que ocupaba era de un blanco violento, un grito de pureza que me pareció obsceno. La ausencia dolía más que su presencia ominosa. Sentí un pánico frío, la desorientación de quien pierde una extremidad. Pasé el día buscando rastros, alguna explicación lógica, pero la pared estaba impoluta, como si nunca hubiera albergado mi secreto.
Fue al anochecer cuando lo vi.
En el suelo, justo debajo de donde la mancha había vivido, había una pequeña cosa. Era del mismo negro imposible, una gota de noche sólida. No medía más que mi pulgar. No tenía forma definida, ni cara, ni ojos, ni boca. Y sin embargo, lo juro, me estaba mirando. Sentía su curiosidad como una presión sutil en el aire, una vibración que solo yo podía percibir. Se movió, deslizándose sin esfuerzo por el suelo, y en su estela no dejaba rastro, solo la sensación de un frío inteligente.
Sentí un tirón en el pecho, un reconocimiento que no pasó por la cabeza, sino por el cuerpo. Un eco. Aquella cosa no era una extraña. La soledad que palpitaba en ella era la misma que había alimentado a la mancha durante meses. Era la mía.
Era mi sombra y mi maravilla. A veces, con el polvo que flotaba en un rayo de sol, construía galaxias efímeras que se deshacían con una corriente de aire. Otras noches, lo encontraba inmóvil en un rincón, y yo sabía, con una certeza que me helaba la sangre, que estaba imitando la forma de mi miedo más profundo. Me atormentaba con su silencio, con su existencia innegable que probaba mi propia fractura.
Pero también me maravillaba. Era la chispa creativa en su estado más puro y oscuro. Un pedacito de dios, sí, pero un dios nocturno, un creador de vacíos y de bellezas terribles. No necesitaba luz para crear, le bastaba con la ausencia.
Su viaje había terminado. Había salido solo para que yo la viera, para que el reconocimiento fuera mutuo. Me arrodillé y le acerqué la punta de un dedo. La gota de noche ascendió por mi piel, una constelación oscura que regresaba a su universo. Se reintegró a mi ser, y la fractura se colmó con la gravedad de una estrella muerta. El dios nocturno volvió a su trono, y el corazón que latía en mi pecho bombeaba con el peso y la profundidad de todas las noches.

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