La iglesia del pueblo tenía la puerta abierta todo el día. Entraba el polvo, entraban las palomas, y a veces un perro se metía a echarse en el fresco de las losas. La gente no. La gente cruzaba el atrio rumbo al mercado con la vista en el suelo, y las señoras que todavía se persignaban lo hacían de prisa, por costumbre, igual que quien se acomoda el rebozo.
Adentro, los santos de yeso esperaban en sus nichos con la pintura descarapelada. A san José se le había caído un dedo. La Virgen tenía una telaraña tendida del hombro a la corona. En los candeleros quedaban unos muñones de cera de quién sabe qué fiesta. El padre Anselmo decía misa todos los días a las siete para tres viejitas y un borracho que entraba a dormir en la última banca. A veces se le olvidaba en qué parte de la misa iba, y nadie se lo hacía notar. Las campanas de la torre sonaban solo cuando soplaba fuerte el viento; el campanero se había muerto hacía años y nadie quiso volver a subir la escalera.
Hacía dos años que no llovía. El río era una franja de piedras blancas. Las milpas se quedaron en varas, y los animales se arrimaban a cualquier sombra con las costillas de fuera. La gente se quejaba del gobierno, del calor, de los vecinos. De Dios no se quejaba nadie. Hacía mucho que no lo mencionaban.
El viejo llegó en Cuaresma, un mediodía en que el sol caía derecho sobre la plaza. Venía descalzo, con los pies partidos igual que la tierra del río. Traía una camisa que alguna vez fue blanca, el pantalón amarrado con un mecate y una barba larga, amarilla de polvo. Tenía las manos grandes, de campesino, y los ojos de un color que nadie supo decir. Se sentó en la banca de piedra que da a la iglesia, bajo la ceiba seca, y ahí se quedó.
Nadie le preguntó quién era. Los hombres de la cantina lo vieron por encima de las botellas y dijeron que era otro loco de los que bajan del monte. Las señoras del mercado apretaban sus canastas cuando pasaban cerca. Un niño le aventó una cáscara de naranja y los otros se rieron. El viejo levantó la cáscara, se la comió y le sonrió al niño. El niño se fue corriendo.
Solo Lucía se le quedaba viendo. Tenía nueve años y era nieta de la bruja. Así le decían a su abuela, que vivió toda la vida en una cueva del monte, entre yerbas colgadas a secar, y bajaba al pueblo cuando alguien la mandaba llamar para un parto o una fiebre. Curaba a todos, también a los que hablaban mal de ella, y nadie la saludaba en la calle. Había muerto en el invierno. Lucía vivía ahora con una tía en la orilla del pueblo, pero en las tardes subía a la cueva, se acostaba en el petate de la abuela y olía sus yerbas.
La primera tarde, Lucía le llevó al viejo un jarro de agua. En el pueblo el agua se cuidaba más que el dinero. El viejo bebió despacio, con los ojos cerrados, y le devolvió el jarro vacío. No se dijeron nada. Al día siguiente le llevó una tortilla con sal, y al otro también. Lucía nunca le preguntó su nombre. Cuando lo veía, sentía lo mismo que cuando la abuela le ponía la mano en la frente para ver si tenía calentura. Eso no se lo contó a nadie.
El viejo habló una sola vez, un domingo de mercado, al mediodía. No se levantó de la banca ni alzó la voz. Dijo que había escondido un huevo en el pueblo, y que quien lo encontrara podía pedir un deseo, uno solo, y se le iba a cumplir. Lo oyeron los que estaban más cerca. Después volvió a quedarse callado, con las manos sobre las rodillas, mirando la puerta abierta de la iglesia.
En la tarde ya lo sabía todo el pueblo.
Ese mismo pueblo que no se molestaba en cruzar el atrio, que tenía al padre Anselmo predicándole a las bancas, le creyó al viejo en un solo día. A nadie le pareció raro que un hombre descalzo, que comía cáscaras de naranja, pudiera cumplir deseos. Nadie preguntó qué clase de huevo era, ni quién lo había puesto. Preguntaron dónde.
A la mañana siguiente sacaron las palas. Escarbaron los patios, los corrales, el panteón. Las mujeres vaciaron las alacenas y descosieron los colchones. Levantaron las losas del mercado y bajaron con cuerdas al pozo seco. El de la tienda tumbó una pared entera porque soñó que el huevo estaba adentro. El pueblo se volvió un hormiguero pateado: todos iban y venían con tierra en las uñas, y en las noches se veían las lámparas de petróleo moverse por los cerros.
Ahora sí le llevaban de comer al viejo. Le dejaban platos de frijoles, pan dulce, café. Le preguntaban si estaba cerca o lejos, en el monte o en el río. El viejo comía un poco de todo y no contestaba. Algunos se enojaban y le decían viejo mentiroso; al rato regresaban con otro plato.
En las noches, cada quien pensaba en su deseo. El de la tienda quería dinero. El presidente municipal, que lo reeligieran. Una señora quería que se muriera su cuñada. Otro, que lloviera, pero nomás en su terreno. Muchos ni sabían qué pedir: buscaban porque los demás buscaban, y porque no soportaban la idea de que el huevo lo encontrara el vecino.
Lucía no buscó. Seguía llevándole agua al viejo, y en las tardes subía a la cueva.
Una de esas tardes se quedó dormida en el petate de la abuela. Despertó de noche, con olor a copal, aunque nadie lo había prendido desde el invierno. Se quedó quieta para olerlo, con los ojos abiertos en lo oscuro. Le pareció oír a la abuela reírse bajito, como cuando jugaban.
—Frío.
Era el juego de cuando Lucía era más chica. La abuela escondía un pedazo de piloncillo en la cueva o entre los árboles y la guiaba con la voz: frío, tibio, caliente. Lucía se levantó y salió. Afuera había luna. La voz venía de entre los árboles, ronca, la misma de siempre.
—Frío. Frío. Tibio.
Lucía caminó descalza sobre las hojas secas. Pasó junto a los encinos donde la abuela le enseñó a juntar hongos, junto al ojo de agua seco donde le enseñó a lavarse la cara antes de que saliera el sol. Bajó por una vereda que no conocía. Tenía miedo, pero más miedo le daba que la voz se callara.
—Tibio. Tibio. Caliente.
Llegó a un amate viejo, con las raíces de fuera, abrazadas a una piedra. Entre las raíces había un hueco. Lucía se agachó.
—Caliente —dijo la abuela, muy cerca, casi en su oído—. Ya quemas, mi niña.
Lucía metió las manos en el hueco y tocó algo tibio.
Lo sacó despacio. Era un huevo, más grande que el de cualquier gallina, y le cabía apenas en las dos manos. Estaba tibio como una tortilla recién sacada del comal. Con la luna, la cáscara se veía azul. Adentro tenía una luz que crecía y bajaba, al paso de una respiración. Lucía se lo acercó a la cara. Olía a tierra mojada. Se lo pegó al pecho y lo sintió latir.
—¿Abuela?
Los grillos siguieron cantando.
Bajó al pueblo al amanecer, con el huevo envuelto en su rebozo. La vieron las señoras que iban por el pan. Vieron la luz que se le escapaba entre los brazos y dejaron caer las bolsas. Para cuando Lucía llegó a la plaza, la seguía medio pueblo. Los de atrás empujaban para ver. Alguien estiró la mano para tocarla y otro se la apartó de un manotazo.
El viejo la esperaba de pie junto a la banca. Era la primera vez que lo veían parado. Lucía se acercó, abrió el rebozo y le mostró el huevo. El viejo no lo tocó. Le puso la mano en la cabeza, igual que hacía la abuela, y le dijo:
—Pide.
Lucía cerró los ojos y abrazó el huevo. No movió los labios. La gente se arrimó tanto que se pisaban unos a otros. El huevo se le deshizo entre las manos en una luz tibia que le subió por los brazos y se le metió en el pecho. Lucía abrió los ojos y buscó al viejo. La banca estaba vacía. Nadie lo vio irse.
No pasó nada más. El cielo siguió limpio y el río seco. El de la tienda se revisó los bolsillos.
—¿Qué pediste? —gritó alguien.
Lucía no contestó.
—¿Qué pediste, escuincla? ¿Qué pediste?
Se le cerraron alrededor. Una mujer la jaló del rebozo. Un hombre le gritó bruja, y la palabra corrió de boca en boca hasta que todos la gritaban. Alguien aventó la primera piedra. Le pegó en el hombro. Lucía se agachó, se escurrió entre las piernas de la gente y corrió hacia el monte. La siguieron hasta donde empieza la vereda de la cueva. Ahí se detuvieron. Ninguno había subido nunca a la cueva de la bruja, y no iban a empezar ese día.
Desde arriba, Lucía los oyó gritar un rato. Después se fueron.
Pasaron los días. En el pueblo se dijo que el viejo era un brujo amigo de la abuela, que el huevo había sido un engaño, que la niña había pedido una maldición. Taparon los hoyos. Levantaron otra vez la pared de la tienda. El que había escarbado en el panteón tuvo que volver a enterrar a su suegro. Quien mencionaba al viejo escupía en el suelo. Lucía se quedó en la cueva; su tía le subía de comer y le dejaba la olla en la entrada, sin asomarse.
El Domingo de Resurrección, antes del amanecer, sonaron las campanas.
El aire estaba quieto. La gente salió a la calle a medio vestir, con los niños en brazos. En la torre, sobre la cruz, había un ave.
Era grande como un hombre con los brazos abiertos. Tenía las plumas de oro, parecidas a escamas, y una cresta que se le levantaba igual que una llama. Daba luz. Alumbraba la plaza, la ceiba seca y las caras de la gente, que la miraba con la boca abierta.
Nadie se movió. Después empezaron los murmullos. Una de las viejitas de la misa de siete dijo que era un ángel. El de la tienda dijo que era el diablo, que venía a cobrarles lo de la niña, y varias mujeres se taparon la cara. El padre Anselmo salió de la iglesia en camiseta, con el rosario en la mano, y no supo qué decir.
El ave abrió las alas y bajó despacio. Se posó en la banca de piedra, bajo la ceiba, en el lugar donde se sentaba el viejo. Miró a la gente con unos ojos de un color que nadie supo decir.
El niño de la cáscara de naranja fue el primero que se hincó. Luego las viejitas. Luego los demás, unos detrás de otros, hasta que casi toda la plaza estuvo de rodillas en la tierra. Algunos lloraban. Otros pedían perdón por cosas que ni siquiera habían hecho. Hubo quien se quedó de pie, con los brazos cruzados, y quien se regresó a su casa y cerró la puerta.
Lucía bajó del monte con un jarro de agua. La gente se hizo a un lado para dejarla pasar. Llegó hasta la banca, se hincó frente al ave y le ofreció el jarro, igual que en las tardes. El ave bebió. Después abrió las alas, dio una vuelta sobre la plaza y se fue hacia el cerro.
Al mediodía se nubló. En la tarde cayó el aguacero. La gente se quedó en la plaza, empapada, con la cara hacia arriba. En la noche el río bajó cargado, y se oyeron las ranas.
La iglesia se llenó. El padre Anselmo tuvo que buscar el misal debajo de una pila de periódicos, y el primer domingo se le acabaron las hostias. Al altar le llevaron flores y velas hasta que ya no cupieron, y la banca de piedra también se llenó de velas. Los muchachos se turnaban para tocar las campanas. En la primavera, la ceiba de la plaza floreció.
Lucía siguió subiendo a la cueva en las tardes. Una de esas tardes, una de las viejitas de la misa de siete la alcanzó en la vereda y le preguntó, en voz baja, qué había pedido.
—Que lo conocieran —dijo Lucía.





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