Puros Cuentos

No prometo nada. Solo cuentos. Puros cuentos.

EDUARDO LEÑERO

FUEGO

El camino a casa se desvaneció bajo mis pies cuando la noche cayó de golpe. Sobre mí, las nubes se agolpaban, densas y plomizas, cargadas con la promesa del agua. El bosque se transformó. A cada paso, los troncos ganaban altura hasta volverse gigantes de madera, con cortezas gruesas y ramas que se extendían como brazos hambrientos, garras afiladas dispuestas a rasgar el cielo. Sentí el acecho de esas manos leñosas, listas para atraparme y fundirme con la espesura.

Un árbol colosal bloqueó mi camino. Su tronco abarcaba todo mi horizonte; tras él, otros iguales custodiaban el paso. El terror me ancló al piso. Al girar, la oscuridad devoraba cualquier rastro del sendero. La vista moría a dos pasos de distancia. El cielo era un abismo más profundo que el suelo y las hojas, que lo cubrían todo, parecían los recipientes que guardaban la negrura del mundo.

Caí de rodillas. Mis manos buscaron el suelo mientras mi voz se elevaba hacia el vacío, invocando una luz.

El viento respondió de inmediato. Sopló con tal fuerza que las hojas bailaron en un torbellino y las piedras rodaron, chocando entre sí con un chasquido seco. De ese impacto brotó una chispa solitaria que voló hacia mis pies. Nació como un punto rojo diminuto en el vientre de la noche; en el suelo, tomó forma y creció hasta convertirse en la llama de un cerillo. Su fulgor alcanzaba a iluminar apenas un círculo mínimo en aquel bosque infinito.

Acerqué el rostro, fascinada. Aquello era fuego, pero sus colores y el baile de sus lenguas poseían una vida propia, ajena a lo conocido.

—¿Qué es esto? —pregunté al aire.

La chispa, desafiando el silencio habitual de las cosas, respondió:

—Me llamaste y vine. Pediste una luz y aquí estoy.

—Eres una luz muy pequeña —le dije—. Alcanzo a ver casi nada todavía.

—Soy pequeña ahora, pero puedo ser tan grande como yo quiera e iluminar mucho más allá de lo que tú podrías ver.

—¿Y cómo lo harías si eres tan pequeña?

—Ya verás, pero antes dime si es verdad que quieres ver. Tienes que estar segura de querer hacerlo. Hay personas que se asustan mucho cuando ven las cosas como son.

—A mí me asusta más no ver —confesé—. Esto está muy oscuro y esas sombras de los árboles parecen monstruos con garras. Me gustaría que el sol iluminara para verlos como siempre: con sus troncos y sus ramas bailando con el viento.

—Esos son árboles nada más, los que tú dices. Pero si yo los ilumino, lo haré con una luz diferente a la del sol y podrás ver cosas que no conoces, y otras que has olvidado. ¿Estás segura de que quieres que lo encienda todo?

Dudé. El pulso me aceleraba el pecho y como no supe qué responder, hice más preguntas.

— ¿Por qué puedes hablar si eres una chispa de fuego?

— No soy una chispa, soy una criatura del fuego, y soy lo que hace que el fuego brille —contestó orgullosa—. Por eso puedo iluminar tanto como yo quiera, o puedo desaparecer entre la oscuridad. Yo soy la luz para los que quieren ver. Ahora dime, me has llamado y aquí estoy. ¿Estás segura de que quieres que ilumine el bosque?

El miedo persistía, incluso ante ella, pero la curiosidad fue más grande.

—¿Cómo te llamas?

Al escuchar su nombre, la paz me inundó. Acepté su propuesta. Se lo pedí con un hilo de voz y, al instante, la luz comenzó a expandirse. La flama conservó su tamaño diminuto, pero el entorno se transformó bajo un resplandor imposible.

Las vetas de los troncos y las texturas de las cortezas se revelaron primero. Las hojas dejaron de ser garras y las ramas se desprendieron de su disfraz de bestia . Entonces, la luz aumentó y la madera se volvió translúcida. Desde el interior de los árboles emergieron rostros: facciones de ancianos y ancianas que habitaban el tiempo mismo. El bosque se convirtió en una danza de transparencias superpuestas. Me sentí flotando en un espacio blanco y etéreo.

Los rostros se volvieron hacia mí. Saludaron primero a la criatura de fuego en un idioma antiguo, un lenguaje que mis oídos no entendían pero mi alma sí. La llamaron por su nombre, con la familiaridad de quienes se conocen desde antes del inicio. El gigante más cercano se dirigió a mí, revelándome quién era.

—¿En verdad eres un árbol? —pregunté, maravillada—. Ya no me asustas, pero ahora no pareces un árbol. 

—Sí, somos árboles, pero al mismo tiempo somos otra cosa. Somos lo que somos.

—¿Y esa otra cosa qué es?

—Es lo que hace que los árboles sean árboles, lo que hace que las semillas se transformen y crezcan. Somos aquello que duerme dentro de una semilla minúscula. Somos quien acompaña la lluvia cuando llueve y al viento cuando sopla. Somos el verde del pasto y el azul del cielo.

Su voz era una melodía que venía de tiempos y lugares remotos. Los árboles me mostraron el camino de regreso. Hablamos un rato más; les conté mis sueños y ellos me devolvieron la canción de la que estaban creados antes de encender mi mente dormida.

Al despedirme, caminé por el sendero trazado. Me volví una última vez para agitar la mano. La chispa fue atenuándose hasta que los árboles recuperaron su opacidad y la oscuridad regresó al bosque. La luz me siguió, iluminando solo lo necesario para guiar mis pasos.

Cuando llegué a casa, el sol comenzaba a iluminar las cosas con la luz de siempre; y la flama se posó sobre mi hombro.

—¿Te irás? —le pregunté—. ¿Vas a regresar al bosque?

—Me llamaste y vine —respondió la flama—, y me quedaré contigo. Te acompañaré cuando se ponga oscuro, y siempre que quieras, puedes pedirme que lo encienda todo.

Posted in

2 respuestas a «FUEGO»

  1. Avatar de Flora Rodríguez

    Es muy hermosa esta historia… Ojalá siempre hubiera esa llama para poder verlo todo como es…

    Ya te lo he dicho, creo, sino te lo digo ahora, haces vivir lo que escribes como si estuviera uno ahí… y eso es mágico… 👏🏻👏🏻👏🏻🌷🩵

    Le gusta a 1 persona

  2. Avatar de Malania Nashki
    Malania Nashki

    Mientras leía el cuento, me imaginaba un final diferente: los árboles destruidos y «resucitados» podrían tomar represalias y esa llama pequeña podría haber envuelto al hombre y allí hallaría su fin: un incendio.
    Pero creo que puede ser tomado como enseñanza: los árboles son buenos y en sus ramas no hay venganza. La pequeña llama ayudó y no hizo estragos.
    Un cuento de maravillas.
    Un abrazo. Buenas noches.
    Invito a pasar por mis letras:
    https://cupoleno.com/
    Será un honor tu visita y de todos los lectores.

    Me gusta

Deja un comentario