LA CANCIÓN DE JACINTO

El tiempo es una piedra pesada que se hundió en el fondo del lago. Los días son idénticos a los atardeceres y las noches se sienten infinitas. Este rincón de tierra permanece cercado por un bosque de colosos que vigilan el paso a cualquier otro mundo posible. Aquí, la vida siempre tuvo el ritmo de las ondas mansas que Jacinto contemplaba desde su balsa de madera joven.

Jacinto era la fuerza del pueblo. Lo recuerdo con los brazos curtidos por el sol y la espalda ancha como un remo de encino. Cuando era muchacho, sus cabellos oscuros bailaban con el viento de la tarde mientras traía la pesca en redes que siempre parecían a punto de reventar. Las mujeres se asomaban a las puertas para verlo pasar; traía consigo el olor del agua viva y el brillo de las escamas plateadas que relumbraban bajo el sol. Jacinto era el pescador más grande de nuestra historia; su nombre significaba alimento y orgullo. Caminaba por las calles con paso firme, vistiendo sus harapos de faena con la dignidad de un rey de agua dulce.

Una tarde, el bosque decidió hablar. El sonido vino desde las raíces de los árboles, una voz de tormenta verdadera que sacudió los cimientos de nuestras casas de adobe. Las tinieblas descendieron desde las copas de los árboles y envolvieron el poblado en un manto espeso. La luz se volvió un recuerdo pálido. Ese día, el lago se transformó en un espejo de obsidiana. Los peces, presintiendo la llegada de la sombra, se hundieron en las profundidades remotas, buscando refugio en el fango del abismo.

La mañana siguiente fue solo una extensión de la noche. Un sol pálido intentó asomarse apenas sobre las copas de los árboles, tímido y frío, incapaz de disipar la sombra que ya lo ocupaba todo. Allí quedó fijo, como una lumbre enferma suspendida en el cielo equivocado. Jacinto remó hacia el centro del lago, pero sus redes regresaron vacías. Volvió a intentar al mediodía y al caer la tarde, con el mismo resultado. La abundancia se hundió con los peces.

Jacinto se acababa junto con la pesca. Al principio, se aferraba a sus redes con fuerza. Pasaba las horas en su balsa, con la vista en la superficie negra, aguardando algún movimiento bajo el agua. Con el paso de los meses, el olvido devoró su casa y a su familia. Jacinto se quedó solo. Se convirtió en el último pescador de un pueblo que ya había aprendido a masticar el hambre y la ausencia.

El tiempo, que para nosotros estaba detenido, pareció ensañarse únicamente con su cuerpo. Su figura se reducía, volviéndose pequeña y encorvada como una vara seca. Sus cabellos, antes oscuros y vibrantes, se marchitaron hasta parecer hilos de hierba muerta. Su piel adquirió la textura de la madera vieja que ha pasado demasiado tiempo bajo la lluvia. Jacinto era ahora una extensión del muelle, un bulto de soledad que permanecía sentado con los pies colgando sobre el agua, dejando que sus dedos gordos fueran acariciados por un vaivén interminable.

La gente evitó la orilla. El lago era ahora un territorio de negrura donde el bosque hundía sus dedos de sombra. Solo Jacinto permanecía allí, esperando algo que el resto de nosotros ya olvidábamos.

Empezaron a correr rumores. Los que pasábamos cerca del muelle en las horas de mayor oscuridad jurábamos escucharlo hablar. Jacinto conversaba con el vacío. Decían que sombras sin pies se arrastraban por las tablas de madera para decirle secretos al oído. Yo mismo lo vi una tarde, mientras recogía algunas ramas secas cerca de la orilla.

Jacinto estaba en el extremo del muelle. Su cuerpo era apenas una astilla frente a la inmensidad del lago. A su lado, se erguía una sombra densa, una mancha de oscuridad que poseía la estatura de un hombre pero carecía de bordes definidos. Parecían compartir un diálogo antiguo. En un momento que guardo grabado en mis pupilas, la sombra giró su rostro hacia mí. Sus ojos eran dos hoyos fríos que me atravesaron el pecho. Fue un instante de reconocimiento absoluto y terrorífico. Entonces, la sombra se fundió en el aire cargado de humedad.

Jacinto se puso de pie de un salto. Su cuerpo cansado recuperó el vigor de un toro salvaje. Emitió un grito que desgarró el silencio del lago, un grito cargado de una alegría violenta:

—¡Ya lo encontré!

Se lanzó al agua con impulso fiero. La superficie se cerró sobre él, dejando apenas un círculo de ondas que se extinguieron pronto. Esperé a que saliera. Esperé hasta que la luna ocupó su lugar en el cielo, pero Jacinto se quedó en el fondo, fundido para siempre con el abismo que tanto había observado.

Al amanecer, ocurrió el milagro. El sol regresó a su sitio habitual y recuperó su dominio sobre el horizonte. Las tinieblas que habían asfixiado al pueblo se disiparon como humo frente al viento. La luz golpeó la superficie del lago y, por primera vez en años, el agua recuperó su color de cielo.

Los viejos pescadores, movidos por puro instinto, se acercaron a la orilla. Sus rostros estaban marcados de esperanza. Uno de ellos, el más anciano de todos, se paró frente a la balsa vacía y comenzó a entonar una melodía. Era la canción de Jacinto, esa tonada amarga que los hombres del agua cantan cuando la ausencia se vuelve demasiado pesada.

Mientras la voz del viejo flotaba sobre el espejo de agua, sentimos la presencia de Jacinto en cada rincón del aire. La canción parecía convocarlo desde las profundidades. De pronto, el lago hirvió. Miles de peces emergieron del fango; subieron a la superficie en un baile de escamas y vida. El alimento regresaba al pueblo. El primer pescador lanzó su red y, tras él, todos los demás siguieron el gesto, rescatando los pescados que Jacinto les enviaba desde el fondo.

Cada mañana, en aquella mancha oscura del mundo, la canción de Jacinto se desprende de la orilla. Las voces de los hombres la dejan suspendida sobre la superficie del lago.

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