Siempre estuvo ahí, abierta: la ventana. No recuerdo haberla visto cerrada ni una sola tarde. Daba justo a la calle, aunque la casa no miraba a nadie. Era como un ojo sin párpado, inmóvil, vigilante.
Yo jugaba en la sala, con apenas cinco o seis años. Mi madre no estaba, o quizá sí, pero lejos, en la cocina. Afuera, el sol caía sin piedad sobre las cosas, haciendo que todo brillara de un modo que dolía.
De pronto, el cielo se puso raro: fue tan rápido que pareció como si alguien lo hubiera volteado de un golpe. Un parpadeo, y las nubes ya estaban ahí, gruesas, oscuras, pesadas como truenos. La lluvia no tardó; cayó de improviso, como una puerta que se cierra con fuerza.
Me quedé donde estaba, con mis cochecitos. No me asustan las tormentas; me gusta oírlas desde adentro, como si la casa se hiciera más mía cuando llueve. Entonces, algo golpeó la ventana.
Volteé. En el marco había una cosa rara, pequeña, del tamaño de mi mano. Tenía pies, cabeza, manos… y dos alas en la espalda. No eran alas propiamente; más bien parecían cuernos doblados que se agitaban como si también tuvieran frío. Estaba empapada, se sacudía con rabia y refunfuñaba. No me habló a mí, pero habló:
—Condenada lluvia. No alcancé a llegar al árbol.
No me moví. No porque tuviera miedo, sino porque, cuando uno ve algo que no debería estar ahí, lo mejor es quedarse muy, muy quieto. La criatura me olió o me sintió, no lo sé. Se dio la vuelta:
—¿Tú puedes verme?
Asentí. No encontraba motivo para mentir.
—Eso no debería pasar —dijo, arrugando la frente, si es que tenía frente—. Nadie puede vernos.
—Pues yo te veo. Ahí estás, empapándote y quejándote. Un poco ruidoso para alguien que no quiere ser visto.
Chasqueó la lengua.
—Siempre que me quejo, me vuelvo visible. Es un problema. Algún día me van a aplastar.
—Como a una mosca —dije, riendo.
Ofendida, me fulminó con la mirada, pero no se fue.
—Solo buscaba un rincón seco. Eso es todo.
—Yo estoy jugando —le expliqué, y le mostré un cochecito, de esos que ya no tienen llantas pero igual corren—. ¿Te quieres subir?
Sin decir nada, lo hizo. Jugamos. Un rato. No sé cuánto.
Cuando la tormenta empezó a ceder, el cielo se abrió como si alguien hubiera soplado desde dentro. La criatura se bajó del coche:
—Debo irme. Tengo trabajo.
—¿Qué pasa si no lo haces?
—Muchas cosas malas. No sé cuáles exactamente, pero sé que es mejor que no sucedan.
—¿Y qué haces?
—Enciendo los colores.
Lo dijo con la misma naturalidad con que uno dice: “Barro el patio”.
—¿Y cómo lo haces?
Se encogió de hombros.
—No lo sé. Solo lo hago. Cuando no me ves, soy más grande. Estoy en todas partes.
Miré a mi alrededor. Todo se había apagado: el pasto, los árboles, los coches. Era como si la lluvia se hubiera llevado los colores consigo.
—¿Ves? —dijo—. Así se ve el mundo cuando dejo de trabajar.
—¿Y por qué dejaste?
—Porque me mojé. La lluvia me cansa. Y cuando me quejo, me vuelvo más pesado… más visible… más lento.
Me acerqué, curioso.
—Pero la lluvia solo sabe llover. ¿Por qué enojarse con ella?
La criatura guardó silencio. Luego murmuró:
—Tienes razón. Pero igual, no me gusta estar mojado.
Se frotó las manos. En ese instante, todo cambió: el verde volvió al pasto, los árboles brillaron como si acabaran de nacer y el suelo se tiñó de rojo. Hasta mis coches parecían recién comprados.
—¿Viste? —me dijo—. No puedo evitarlo. No es un trabajo. Es lo que soy.
—¿Y qué eres?
—No lo sé. Solo sé que lo soy. ¿Y tú?
—Pues yo soy yo. ¿Quién más podría ser?
La criatura sonrió, con una sonrisa torcida, como quien descubre algo olvidado.
Se estiró un poco, se sacudió las últimas gotas de agua y caminó hasta el borde de la ventana. Ahí se detuvo y me miró por última vez:
—Cuando los colores brillen imposible, acuérdate. Puede que entonces me mires sin buscarme. Quién sabe.
Y se fue. Salió por la ventana. No voló; simplemente se perdió entre los reflejos que empezaban a encenderse.
Después de esa visita, cada vez que el cielo se cerraba y los colores se apagaban, lo imaginaba refunfuñando bajo el aguacero.
A veces entraba por la ventana y se sacudía en un rincón. De pronto lo tenía frente a mí, empapado y temblando. Fingía no verlo, como si su invisibilidad fuera un traje que no debía arrugarse.
Otras veces, me miraba de reojo y nos quedábamos jugando. Mi carrito dibujaba líneas húmedas sobre el piso, como si dejara rastros de color, sobre lo gris.

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