Puros Cuentos

Cuentos breves con alma larga. Aquí las historias respiran lento, entre lo cotidiano y lo imposible.

PASCUA SIN ALTAR

Nadie recordaba la última vez que la fe había paseado por las calles de aquel pueblo. El cura dormía en misa, los santos de yeso estaban cubiertos de polvo y, decían, hasta los muertos se negaban a aparecer en sueños. Las campanas de la iglesia sonaban solo cuando el viento quería, y los rezos eran fórmulas vacías, repetidas casi por compromiso, como si hablaran con un dios sordo o jubilado. En ese lugar, donde los milagros eran parte del olvido, llegó un anciano sin nombre ni linaje, un día de abril en que la lluvia no caía, pero el cielo tenía la textura de un llanto contenido.

Apareció una mañana sin previo aviso, como si siempre hubiera estado ahí. Caminaba despacio, con la ropa gastada, los pies curtidos por años de tierra y una presencia que no pedía atención, pero la detenía. Se detuvo en la plaza, bajo la ceiba más vieja, y observó el pueblo con la calma de quien ya lo ha visto todo. No traía equipaje ni palabras de sobra. Cuando habló, su voz tenía el peso de algo que se dice por última vez. Dijo que había escondido un huevo mágico en algún lugar del pueblo. Un huevo que no era de gallina ni de serpiente, sino de una sustancia desconocida, como si la tierra misma lo hubiera puesto, o algo que existía antes que ella. Quien lo encontrara podría cumplir un solo deseo, el más profundo, el más verdadero.

Al principio, pocos le creyeron. Lo tomaron por loco, por otro caminante que venía a morir al calor, pero, por si las dudas, comenzaron a buscar.

Pronto, el pueblo entero se convirtió en un hormiguero poseído. Removieron la tierra con palas, con manos, con dientes si era necesario. Derribaron paredes, vaciaron pozos y llegaron a abrir tumbas con la esperanza de hallar el huevo entre los huesos. Algunos aseguraban haberlo visto: una vecina juraba que brilló en las ramas de su limonero, un niño sentía que temblaba bajo su cama, un carnicero maldijo haberlo confundido con una piedra y tirado al río.

Pero nada apareció. Lo único que creció fue la fiebre. Se vendían mapas falsos, amuletos que prometían revelar su paradero y linternas bendecidas por vírgenes que nadie conocía. La plaza se llenó de profetas improvisados. El anciano observaba en silencio, con la expresión plácida de quien ya ha visto el fin del mundo varias veces y no se inquieta.

Mientras tanto, Lucía jugaba en el patio de su casa con hojas secas y piedras suaves, como le había enseñado su abuela. “La bruja”, murmuraban los demás, con ese temor disfrazado de desprecio que solo despiertan quienes aún creen en lo invisible. Aquella mujer vivía en el monte, hablaba con animales, sanaba incluso a quienes la ofendían y, cuando murió, en una tarde que olía a leña mojada, lo hizo sin quejarse, con los ojos abiertos, como sabiendo que la muerte no es final sino bisagra.

Lucía no se unió a la búsqueda frenética. No cavó, no compró mapas, no rezó a santos de papel. Solo cerró los ojos una mañana y se internó en el bosque, pidiendo a los árboles que le mostraran el lugar. No con palabras, sino con ese lenguaje antiguo que las plantas comprenden: el de la devoción. Desde pequeña, había aprendido de su abuela a escuchar el idioma de las hojas y a percibir el latido secreto de la tierra. Por eso, cuando se dejó guiar, sus pasos parecieron ligados por un hilo invisible a todo lo vivo. Caminó sin rumbo, pero sin duda. El canto de los pájaros se volvió más claro, el aire más liviano. Y en un claro, entre raíces suaves, sintió un calor en sus manos. Al abrir los ojos, ahí estaba: el huevo. Liso, opaco, pero palpitante, como si llevara dentro un corazón o una promesa.

Volvió al pueblo sin dudar, decidida a mostrárselo al anciano. Algunos la vieron en el camino y trataron de arrebatárselo, pero el bosque, consciente y protector de quienes lo honran, respondió con ráfagas de viento, ramas que se interponían y raíces que brotaban justo bajo los pasos de los ambiciosos. Así, Lucía llegó a la plaza con el vestido sucio, pero el huevo intacto.

Los hombres volvieron, más numerosos, guiados por un deseo que ya no sabían nombrar. Rodearon a Lucía con manos urgentes y ojos sin alma. Entonces el visitante, ese que llevaba semanas sentado como una piedra viva, se levantó. Su sola presencia alteró el aire. El tumulto se abrió, como si la atmósfera se hubiese endurecido y rechazara el paso. Y cuando una mano ajena rozó el huevo, este se disolvió en luz tibia, como si el bosque lo recogiera en secreto. Quedó en el aire una ausencia suave, densa, imposible de tocar.

El anciano posó la mano sobre el pecho de Lucía, como quien reconoce algo que ya estaba ahí. Dijo que el huevo vivía ahora en ella, no como un objeto, sino como una semilla. Que no debía buscar más, ni pedir, porque aquello que anhelaba ya había empezado a crecer.

Después de eso, desapareció con la calma de quien ha cumplido su propósito. Nadie lo vio partir, pero desde entonces, el banco donde se sentaba amanece tibio, como si su ausencia no fuera del todo cierta.

Lucía regresó a su casa como si volviera al centro de un círculo ya trazado. En el patio, entre hojas secas y piedras suaves, retomó sus juegos, pero ahora murmuraba palabras que no venían de los cuentos, sino de la tierra. Las plantas le respondían con movimientos sutiles, las sombras se acomodaban a su paso y los pájaros interrumpían su vuelo para escuchar. A veces, al inclinarse sobre el suelo, su figura evocaba la de su abuela, y quien la miraba de lejos no sabía si estaba viendo a una niña… o a la tierra misma, jugando a ser niña. Con el tiempo, sin prisa, el pueblo comenzó a nombrarla como habían nombrado a su abuela. Con la misma cautela. Con la misma certeza.

Lo verdaderamente extraño vino después. El herrero, que llevaba años soñando con una campana que sonara como el mar, la forjó al fin, y su sonido detenía a los viajeros en seco, como un llamado antiguo. La partera, que ya no asistía nacimientos, volvió a encender su lámpara por las noches. Pronto empezaron a nacer niños en el pueblo, y una por una, las mujeres fueron a tocar su puerta. Incluso el cura, una mañana, barrió el polvo de los santos con las manos desnudas y pidió perdón en voz baja. Los peces regresaron al río, las lluvias llegaron como deben llegar, y la tierra, sin esperar permiso, volvió a florecer. Algunos dijeron que fue suerte. Otros, que el huevo seguía latiendo en el corazón de la niña, y que Lucía había pedido el regreso de todo lo que el pueblo había olvidado.

Desde entonces, cada primavera, aparece en la plaza un huevo pintado con hojas y tierra. Es un rastro del deseo de Lucía, que sigue creciendo en las manos que siembran, en los nombres que vuelven, en los nacimientos que llegan con la lluvia.

Aquel pueblo nunca volvió a ser el mismo. Y eso, decían los más viejos, era la forma más pura de creer en dios sin nombrarlo.

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