Entré a la bodega de la antigua casa familiar al filo del mediodía. El calor de mayo fundía el aire hasta volverlo una masa densa, y mis pasos sobre el piso de cemento retumbaban con un eco apagado. Llevaba meses posponiendo la tarea de revisar las cajas polvorientas que mi madre había dejado tras su muerte. Había crecido rodeado de esos objetos sin valor aparente, y su energía acumulada me provocaba un dolor punzante en el pecho. No reconocía la mitad de lo que veía, aunque los recortes de fotografías familiares y la ropa vieja se aferraban a mí como reproches mudos.
Una caja de madera atrajo mi atención. Sobresalía en uno de los estantes con la pintura descarapelada. Tenía un candado oxidado y una etiqueta con mi nombre escrito a mano con la caligrafía temblorosa de mi madre. No encontré la llave en ninguno de los cajones, así que forzarlo fue mi única opción. Al golpear el candado con una barreta, la tapa se abrió, liberando un aroma a humedad y a ropa guardada durante años. Dentro descubrí libros infantiles, fotos, recortes de periódico y un cuaderno con tapas de cartón amarillento. Era un cuaderno de bocetos con unas pocas hojas en blanco y otras garabateadas con lápices de colores. Reconocí mi propia letra de cuando tenía siete u ocho años.
En una de las páginas había trazado una puerta diminuta y, alrededor, un escenario imposible: árboles amarillos, cielos pardos y ríos de un color que describí como “amarillo brillante”. Esas palabras estaban escritas con mayúsculas y rodeadas de flechas, como si mi yo infantil hubiera necesitado dejar constancia de algo urgente. Aquella tarde, mi respiración se agitó. Recordé mis sueños de la niñez, que solían repetirse con insistencia. Cada noche, en aquel sueño, yo volvía a mi habitación, hallaba el clóset abierto y, tras unos pasos vacilantes, descubría un acceso que no correspondía a la geometría de nuestra casa.
Cerré el cuaderno con cuidado y salí de la bodega. Sentí una punzada en la sien y un mareo que me impidió mantener la vista fija. La luz del sol hirió mis ojos. No deseaba pensar en fantasías, pero mi cuerpo reaccionaba como si hubiese recuperado una memoria perdida. Ninguna parte de mí dudaba de aquella imagen: yo había pintado con detalle una puerta en miniatura, y me había descrito dentro de un lugar desconocido. Imaginé que solo era producto de mi imaginación infantil, mas mis manos temblaban y mis piernas se negaban a avanzar con normalidad. Reuní fuerzas y corrí hasta la planta alta, donde mi habitación permanecía intacta desde que me independicé.
El cuarto lucía más pequeño que antes. La cama individual estaba cubierta con una sábana desgastada y los muros conservaban el mismo tono blanco cenizo que mi madre pintó cuando tenía seis años. Abrí el clóset, que tenía un par de pantuflas viejas y ganchos vacíos colgando. Me arrodillé frente al fondo, donde la madera se oscurecía por la humedad. Reconocí la línea apenas visible que delimitaba un panel casi imperceptible en la pared interior. Acerqué el rostro y, en lugar de ruina o polvo, sentí una corriente de aire tibio. Aparté con la uña un pedacito astillado y descubrí un hueco estrecho. La temperatura de mi cuerpo subió de golpe y un estremecimiento me recorrió la columna vertebral.
No dudé. Empujé el panel con la mano izquierda y encontré un hueco. El aire de ese lado era pesado, con un olor que mezclaba el moho y la floración estival. Extendí el brazo y lo sentí más ligero de lo normal, como si la gravedad se hubiese distorsionado. Mi mente no contemplaba imposibles. Estaba seguro de lo que veía. Al adentrarme un poco más, mis hombros se adaptaron a la estrechez del acceso, y mi estatura, que siempre ha sido considerable, no me impidió avanzar. Sin dolor ni presión, mi cuerpo se comprimía al ritmo de mis pasos. Salí por una puertecita cuya altura no pasaba del medio metro. La crucé, y me encontré de pie en medio de un prado iluminado por un sol que no se parecía al nuestro.
Las hojas de los árboles relucían con un amarillo tan intenso que dolía mirarlas. El agua de un arroyo que pasaba entre las rocas me pareció oro líquido. El cielo presentaba un matiz café que me recordó un lienzo antiguo, y las nubes se movían despacio, casi como bancos de espuma espesa. No había cantos de aves ni grillos, sino un zumbido rítmico que envolvía mi pecho. Me sentí flotando, y supe que caminaba sin esfuerzo, como si cada uno de mis pasos midiese la mitad.
Avancé sin angustia ni perplejidad. Tenía la certeza de haber estado allí antes. Reconocí un sendero adoquinado que serpenteaba hacia un grupo de construcciones bajas, cuyas paredes reflejaban tonalidades entre el naranja y el turquesa. Crucé ese umbral de tierra con el atrevimiento de quien sabe que no existe marcha atrás hasta cumplir un propósito olvidado. Algunas figuras humanas aparecieron en mi campo de visión. Tenían una estatura igual a la mía en ese momento, y vestían ropas brillantes, hechas de hilos metálicos. Sus ojos eran alargados, y sus cabellos variaban entre el púrpura y el verde jade, con matices brillantes e hipnóticos. No mostraban sorpresa al verme, y eso me serenó.
Uno de ellos se acercó y me habló con voz firme. Preguntó mi nombre, y le respondí sin titubeos. Supe que me comprendía con la exactitud de una lengua materna, aunque mi boca pronunciaba palabras de otro idioma. Me tomó del brazo con confianza y me llevó por el sendero hasta llegar a una plaza rodeada de árboles amarillos. En el centro descansaba una fuente de donde brotaba un líquido transparente. Bajo el reflejo del cielo café, aquel líquido adquiría destellos amarillos. El hombre me ofreció un cuenco y lo llenó en la fuente. Bebí con precaución. Sentí un calor que subió desde mi estómago hasta mi garganta, y un sabor casi cítrico. Cada célula de mi cuerpo despertó.
Sin apartar la mirada de mis ojos, el hombre me habló de mi infancia, de un momento concreto en que crucé aquella puerta por primera vez. Describió mis manos pequeñas, mi timidez, mi asombro ante los paisajes. En ese instante, recordé la imagen que había dibujado en el cuaderno: árboles amarillos, agua dorada, cielo pardo. No eran garabatos sin sentido. Entonces comprendí que, en mi niñez, mi mente no había alcanzado a procesar la totalidad de esa experiencia, pero la intensidad se grabó en mi memoria. Lo supe al sentir la seguridad con que ese hombre me describía. Escucharlo me resultó reconfortante.
Después, una mujer se acercó y tocó mi cabello. Lo apartó de mi frente con un gesto cálido y me invitó a sentarme junto a la fuente. Me contó que en este lugar el tiempo fluía de otra manera. Aquí nadie envejecía, aunque las horas transcurrían con nitidez. Constaté que no había sombras largas ni brillos cambiantes como los de un atardecer terrenal. El sol mantenía siempre la misma posición, estático en lo alto, emitiendo un resplandor amable. Me explicó que algunas personas llegaban guiadas por un recuerdo intenso de la niñez. Cada uno descubría la entrada en un punto diferente de su mundo: un clóset antiguo, la bodega de una casa, un armario polvoriento. Todas eran variantes de la misma puerta.
Aunque sentía paz, recordé mi vida fuera de allí. Había dejado en la bodega cajas abiertas, el cuaderno, mi viejo hogar sumido en la penumbra. Tenía urgencia por regresar. Quería tocar mis propios objetos y cotejar esta experiencia con la realidad exterior. La mujer me tranquilizó. Afirmó que la puerta siempre permanecía, incluso cuando no estaba visible, y aseguró que yo podría volver a mi antojo. Debía, sin embargo, aceptar que la percepción cambiaría cada vez. El reencuentro no se repetía bajo los mismos términos. Tomé su mano, y una certeza me invadió: debía regresar ahora mismo.
Corrí sin despedirme de nadie. Seguí el sendero de adoquines hasta la línea fronteriza donde había aparecido. Allí permanecía la puertecita, medio escondida entre piedras y arbustos amarillos. Entré sin detenerme y sentí la misma contracción que me permitió cruzar antes. Percibí el cambio de temperatura, el olor a polvo y, de pronto, me encontré de rodillas en el clóset. Un rayo de sol entraba por la ventana de mi habitación y me iluminaba el rostro. El sudor brotaba de mi frente y mi camisa estaba manchada de polvo. Sostuve la respiración y fijé la mirada en el fondo del clóset. El panel lucía intacto, sin un solo hueco.
Respiré hondo y salí al pasillo. La bodega seguía abierta, con las cajas desparramadas sobre el piso. En mi mano derecha sentí un cosquilleo extraño. La levanté y descubrí que la piel tenía un ligero brillo amarillento. En la punta de mis dedos, había un polvillo dorado que reconocí como el mismo que flotaba en los prados de aquel lugar. Bajé a la cocina, lavé mis manos, bebí un vaso de agua y me sentí lleno de energía. Casi me reí en voz alta, sin rastros de duda en mi mente. La puerta existía, y me había mostrado un universo anclado a mis recuerdos de infancia.
Ningún rastro de fatiga me detuvo. Organicé las cajas con rapidez y destruí papeles que no significaban nada para mí. Me quedé con el cuaderno, consciente de su importancia. Las horas pasaron sin que el hambre me distrajera. Al caer la tarde, busqué una linterna y regresé a mi habitación. Empujé el panel de madera con decisión, pero se negó a moverse. Pasé la mano con cuidado, tanteando, y no sentí la corriente de aire tibio que me había recibido por la mañana. Me incorporé y me senté en la cama, con el cuaderno abierto en las rodillas, revisando mis dibujos infantiles: la fuente, los árboles, las siluetas humanas con cabellos tornasol, todo plasmado en trazos torpes y crayones desgastados. Cerré el cuaderno y apoyé la mano sobre la colcha, sintiendo la suavidad de la tela y el ritmo pausado de mi corazón.
La puerta se había cerrado, pero la noche no me trajo intranquilidad. Reconocí en mi interior la calma de quien sabe que lo esencial permanece. Dormí profundamente y, a la mañana siguiente, regresé al clóset para empujar el panel de nuevo. Continuaba sellado, aunque ya no sentía desesperación. Viví el resto del día atendiendo asuntos cotidianos: pagué cuentas, hablé con antiguos compañeros, limpié la casa. En cada acción, mis dedos cosquilleaban con un vestigio luminoso, como si aquella tierra se hubiera instalado para siempre en mis articulaciones.
Esa misma noche, a la hora en que los grillos entonaban su canto, volví a mi habitación. Miré el reloj. Marcaba las tres de la madrugada. Sentí un impulso brusco y caminé directo al clóset. Al empujar el panel, se abrió con suavidad. El aire tibio me inundó los pulmones, y crucé sin titubeos. Encontré el mismo prado y el mismo cielo pardo. La fuente se mantenía en el centro de la plaza, y el sol inmutable iluminaba las piedras del sendero. Observé a la gente que me sonrió como si llevaran horas esperándome. Bebí del cuenco de la fuente y experimenté de nuevo ese calor cítrico que se propagó hasta mi nuca. Me quedé en silencio.
La mujer que me había hablado de la temporalidad se acercó y tomó mis manos. Dijo que para acceder a ese mundo necesitaba conservar la conexión con mi niñez. En ese mismo instante, comprendí que, en alguna fase de mi infancia, crucé el umbral y regresé con un recuerdo que no supe asimilar de forma consciente. Mi madre notó algo extraño en mí, por eso guardó el cuaderno y esa caja con mi nombre. Ese fue su modo de proteger un secreto que ella misma desconocía. Sostuve la mirada en la fuente, seguro de cada detalle que había vivido.
Regresé a mi casa varias horas después, empapado de sol y de olores florales imposibles de describir con palabras. Me encerré en la bodega y revisé cada rincón, convencido de que el resto de mis recuerdos también podía esconder tesoros inesperados. Encontré fotografías donde aparecía con la mirada absorta, con la ropa llena de polvo y sonrisas que no recordaba haber esbozado. Interpreté esas imágenes como pruebas de que mi niñez había estado marcada por esos viajes furtivos. Ahora todo encajaba con la claridad de los relatos que nadie me contó, pero que mi memoria rescataba.
No permití que el escepticismo contaminara mi experiencia. No hubo vacilaciones. Cada sensación física y cada encuentro con esas personas de cabello tornasol se mostraban sólidos en mi conciencia. Los días transcurrieron con la familiaridad de una rutina renovada. Por las mañanas, cuidaba los asuntos del viejo caserón, preparaba alimentos sencillos, atendía mis responsabilidades en el pueblo. Por las noches, a la misma hora, subía a la habitación, empujaba el panel y cruzaba la puerta. Regresaba con el cuerpo liviano y la mente en paz. Comuniqué poco sobre esto a los demás. Observé mis fotos, mis antiguos cuadernos, y encontré la certeza de que ese mundo se había arraigado a mi sangre desde la infancia, como una semilla que germinó con los años.
Hoy, cuando evoco el momento en que descubrí las cajas en la bodega, no experimento una nostalgia serena. Siento un vértigo que me sacude los huesos, como si cada latido recordara el propósito escondido tras aquellas visitas. Al volver a la habitación y abrir el panel, encontré algo más que un paisaje extraño: crucé un umbral donde las miradas amarillas y los cabellos tornasol pertenecían a quienes aún no han dado su primer llanto en esta tierra. Así lo explicó la mujer de la fuente con su voz firme. Dijo que las almas esperan en ese sitio hasta que se enciende en ellas la voluntad de nacer. El prado, el agua dorada, el sol inmóvil y todo lo que palpita bajo ese cielo café no es un mero capricho de la fantasía, sino el preludio al mundo que habito.
Ella señaló el brillo que traía en mis manos tras cada viaje y afirmó que mi presencia aviva en esas almas la curiosidad por la existencia terrenal. Habló de mi infancia y de cómo, en aquel entonces, crucé la puerta por accidente, sembrando un vínculo con sus voces inquietas. Nunca me advirtieron sus razones de forma explícita; las comprendí al observar las miradas ávidas de los seres que deambulaban cerca de la plaza. Entre ellos distinguí sonrisas apenas esbozadas, gestos de duda y un fervor que parecía alimentarse con el simple hecho de intuir lo que significa respirar en un cuerpo humano.
Supe que mi madre guardó el cuaderno y las fotografías para que, en el momento justo, confirmara aquella verdad. Ella, sin acceder a ese mundo, percibió la huella indeleble que dejó en mí. Comprendo ahora que el lugar es el umbral donde la vida aguarda su turno, donde cada forma busca la chispa necesaria para cruzar. No es un territorio de fantasmas ni un refugio de alucinaciones. Es la antesala de la carne y de la voz, un campo suspendido en una espera sin tiempo. Cada vez que empujo el panel y me adentro en sus senderos, reconozco en esos seres un anhelo de abrir sus propios ojos en esta realidad. Y cada vez que salgo de allí, mi corazón late con la certeza de haber cumplido un pacto antiguo.
Hoy cerré la bodega y volví a contemplar el clóset de mi infancia. El panel permanecía en su sitio, como si la madera hubiese decidido abrazar el secreto por un día más. No lo abrí, aunque el impulso me exigía recorrer de nuevo el camino. En lugar de eso, acerqué la mano al pomo y sentí el calor de las voces que esperan su momento de nacer. Entendí que el sol detenido en aquel cielo pardo ilumina a seres que aún no han pronunciado una palabra, pero que, tarde o temprano, abrirán los ojos en mi mundo. En ese instante, la razón y la maravilla se fundieron dentro de mí, y experimenté una certeza que no requiere preguntas: el acceso a ese lugar no se cierra, porque la vida no sabe terminar, y mi sangre conserva la llave que la conecta con el primer aliento del mundo. Conservo el cuaderno y su dibujo de árboles amarillos como testimonio, y al mirar sus trazos sé que volveré a escuchar el canto apagado de las almas dormidas, en aquella rendija olvidada del clóset donde floreció la eternidad ante mis ojos.

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