Puros Cuentos

Cuentos breves con alma larga. Aquí las historias respiran lento, entre lo cotidiano y lo imposible.

EUGENIA

Salí muy temprano de la casa el día que iba a morir, agarré la moto de mi padre, el dinero que había debajo de la alfombra y me fui directo a joderme la vida.

Hacía tres noches que se aparecía esa cosa en mi cuarto. Se sentaba al pie de la cama y me contaba historias de mi propia existencia, como si fuera el dueño de cada uno de mis recuerdos. Olía a tierra húmeda, y su voz, ronca, parecía arrastrar un eco largo de cementerio.

La primera noche me habló de la infancia: una felicidad a medias, en tonos grises llenos de ausencias y memorias de seres que se fueron hace mucho. Al final, dijo que me quedaban tres días de vida y se desvaneció con una sonrisa dientona que bailaba en las sombras. Escuché un siseo antes de que desapareciera, algo parecido a un “Nos vemos pronto”, aunque podría haber sido el rechinido de sus dientes.

La noche siguiente me habló de las veces en que me creí hombre tras intentos titubeantes. Lo recordé como la más lejana de mis sensaciones: una vanidad infantil que chocaba con un mundo que no me entraba, y aun así me dejaba sentirme un suspiro en el tiempo. Antes de marcharse dijo que faltaban dos días, palpó mis pies con sus manos ardientes como brasas y me miró con ojos hambrientos. Parecía saborear mi miedo.

En la última noche me contó cómo, en tantos de mis días, me alejé tanto de mi destino que sería imposible regresar. Sentí nostalgia por aquello que solo comprendí entonces, por esa historia que jamás podría contar. Era como verme de espaldas en el espejo, con la vida convertida en un sueño de tontos, imposible aun en la tercera década de mi existencia. Se despidió saboreándose los labios, igual que un cazador a punto de morder. “Mañana”, dijo entre risas.

Cuando el sol empezó a arder en mi piel, desboqué con la moto tronando en mis oídos. La adrenalina se mezclaba con el repentino capricho por Eugenia, la chica que llenaba mis ideas y fantasías nocturnas desde que la encontré, hace años, escondida en el hueco de un árbol. Me la topé siendo yo un joven temeroso y, a pesar de todo, siempre creí que volveríamos a cruzarnos en algún punto. Guardé su mirada para el final, sin habérmela bebido antes.

Llegué a la casa donde la conocí. Allí estaba, sentada en el machuelo, con la misma expresión suave y misteriosa. Al verme, tuve la certeza de que me esperaba. Su mirada no había cambiado con los años. La subí a la moto y nos marchamos a cumplir los amores que nos prometimos en aquel momento perdido de la juventud. Nos apretamos bajo una luz artificial para no extraviarnos el uno al otro, y me llevé cada memoria de su cuerpo.

No le dije que iba a morir. La dejé cuando el sol se desvanecía, y ya me invadía la nostalgia como un domingo interminable. Nos despedimos sin hablar, con la prisa de quien huye del tiempo.

Ya no quedaba mucho. La noche caía rápido, y no se me ocurría nada que valiera como última hazaña. Pensé en fumar, compartir el último cigarro con los muertos que me acechaban desde hacía un par de horas. Pero no tenía ni dinero ni cigarros, así que, tomado por una repentina valentía absurda, entré en una tienda iluminada: crucé el mostrador, agarré una cajetilla, saqué un cigarro y lo puse en mi boca; otro lo puse tras la oreja y tiré el resto al suelo.

El empleado me enfrentó con voz vacilante. Lo estrujé lleno de rabia, gritando entre lágrimas: “¡No quiero morir!”. Lo derribé y salí despavorido.

Ya montado en la moto, escuché una patrulla. Luego otra. Para cuando me di cuenta, me perseguían tres. Aceleré y me escabullí entre los carros, tomé calles pequeñas hasta dar con una avenida grande, pero aún me seguían. Forcé el motor, y luego de un rato logré dejarlos atrás entre el caos y las luces revueltas como un carnaval macabro. Las sirenas quedaron lejos.

Extrañado de mi propia humanidad, bajé la velocidad para frenar. Una vieja cruzaba la calle; le cedí el paso y, aunque pude escapar por la derecha, preferí esperar hasta que subiera a la banqueta. Sonrió con ternura, la última sonrisa que vería en vida. Fue entonces cuando apreté el embrague y la policía me rodeó.

Renuncié a un destino que terminara bajo la custodia de esos hombres. Aceleré a fondo, la rueda patinó y, antes de que el viento pudiera alborotarme el cabello, sentí un frío fulminante en el pecho. Fui a estrellarme contra un poste, mientras las balas me liberaban del cuerpo de una en una. La moto quedó a unos metros y yo, tendido en mi propia ciénaga roja, sentía la vida desvanecerse.

Mis ojos se pusieron blancos bajo la luz de un farol, reflejando cómo mis partes humanas se marchitaban. Vi al espectro que había anunciado mi muerte reír con la luna, lamiéndose los colmillos, a punto de saciarse con mi alma.

Al final, pensé en Eugenia. 

Posted in

Deja un comentario