Puros Cuentos

Cuentos breves con alma larga. Aquí las historias respiran lento, entre lo cotidiano y lo imposible.

ALETEOS

La bruma había calado tanto en el pueblo que uno no podía decir con certeza dónde terminaba la neblina y dónde empezaba la piel. Aquella tarde, mientras el sol luchaba por atravesar el velo espeso del cielo, un pájaro insólito irrumpió en el silencio: sus plumas eran un laberinto de escamas doradas y su cresta, erguida como un fuego congelado, parecía condensar en un solo destello toda la luz que el atardecer había extraviado. Cayó de golpe sobre la tierra polvorienta, con la majestuosidad accidentada de quien ha viajado demasiado lejos.

La primera en verla fue doña Agustina, la mujer que llevaba décadas cuidando el único pozo del pueblo. Nadie estaba muy seguro de su edad; decían que había nacido un siglo antes, en un día igual de brumoso, mientras las campanas del pueblo sonaban por un eclipse de luna. Esa tarde, doña Agustina dormía bajo la sombra escasa de una pérgola mustia, cuando escuchó un aleteo digno de sueños imposibles. Despertó sofocada por el presentimiento de que algo extraordinario se había posado entre los mortales.

Encontró al ave intentando incorporarse tras el choque contra el suelo agrietado, desplegando sus alas con un temblor que recordaba a un guerrero exhausto. Con una timidez reverente, doña Agustina se acercó. Sentía que sus pulmones se detenían cada vez que los ojos del ave, de un tono aguamarina,  se clavaban en los suyos. Entonces, con el atrevimiento que solo una anciana bondadosa puede permitirse, extendió las manos para tocarle las plumas. Fue como sumergir las palmas en un tibio arroyo: una corriente suave que le infundió un sosiego extraño, y le borró una a una las tristezas que llevaba guardadas en el pecho desde hacía toda una vida.

—Descansa, criatura —susurró ella, como si se dirigiera a un dios adormilado.

Y por un instante, creyó escuchar el latido de un corazón infinito, palpitando al compás de los siglos.

Cuando el rumor llegó a los oídos de Mateo, el padre de la iglesia, este se hallaba absorto puliendo candelabros en la sacristía. Al principio desechó la historia, convencido de que los lugareños, propensos a inventar leyendas a partir de fenómenos triviales, habrían confundido un zopilote con un ángel caído. Sin embargo, la insistencia de todos, y la tensión casi palpable en el aire, lo llevaron a husmear por la plaza.

Encontró al pájaro sobre una cornisa, mirándolo con una serenidad que contradecía cualquier norma natural. A Mateo se le paralizó el pulso. Sintió un recelo punzante y una veneración casi infantil. En la mirada fija del ave se le revelaron todas sus dudas ocultas, esos pensamientos que jamás se había atrevido a confesar ni a sí mismo. Al llegar la tarde, subió al púlpito y pronunció un sermón agitado, mezclando versículos con confesiones veladas. Afirmó que incluso los mensajeros celestiales podían sucumbir al cansancio, y que tal vez esa ave era una señal divina para el pueblo. Al salir, algunos feligreses temblaban de miedo; otros esbozaban un atisbo de esperanza. Había lágrimas que se derramaban en el silencio, como si el aire estuviera cargado de revelaciones imposibles.

En la punta más humilde del pueblo vivía Óscar, cuyos huesos frágiles habían convertido su vida en un incesante reposo. Pasaba los días en un camastro, con la mirada siempre dirigida a una ventanita estrecha desde la que solo podía ver un pedazo de cielo. Cuando la lluvia rompía el letargo de la tarde, Óscar se entretenía imaginando nubes con formas de leones, dragones o alguna bestia de sueños.

La noche de la gran tormenta, el ave apareció empapada junto al cristal de la ventana abierta. Sus plumas doradas parecían haberse vuelto cenicientas y, al batirlas, esparcía gotitas de luz incierta por toda la habitación. Óscar rogó a su madre que dejaran entrar al pájaro; la mujer, conmovida por la persistencia de aquella criatura que se aferraba a la vida, aceptó. En un rincón, el ave se acurrucó con un suspiro casi humano.

A la mañana siguiente, el niño caminó —titubeante pero sin ese crujido aterrador en sus huesos— hasta la puerta principal. Sentía un bienestar tan desconocido que temió espantarlo si hablaba demasiado fuerte. Los vecinos que contemplaron su ligera mejoría no dudaron en atribuirla al visitante celestial. Pronto, la humilde casa se llenó de murmullos y oraciones, como si el ave hubiera traído un bálsamo inviolable contra la miseria de los cuerpos.

La primera que vio provecho en todo aquel tumulto fue la señora Remedios, dueña de la posada del camino. Con discreción, comenzó a narrar a los viajeros la hazaña de un pájaro místico que dormía en algún tejado del pueblo. Invitaba al ave a posarse en su ventana para que los forasteros la contemplaran, mientras ella cobraba una cuota generosa. Entre mendigos, aventureros y comerciantes, la aldea se llenó de ojos hambrientos, buscando aquella silueta dorada que podía ser, según los rumores, el mismo Dios disfrazado de un pajarraco deshilachado.

Algunos peregrinos arrojaban monedas en un cuenco, deseando comprar un pedazo de favor divino. Otros, con un brillo de codicia en la mirada, esperaban arrancarle una pluma dorada que luego venderían como reliquia bendita en mercados lejanos. Sin embargo, el ave, con su porte desgastado y mirada serena, se mantenía al margen de las pasiones humanas. Ni un solo canto, ni un graznido; apenas el rumor de sus alas batiendo con lentitud de siglos.

La creciente conmoción llevó al alcalde —un hombre de semblante rígido y corazón escéptico— a convocar al concejo. En el salón principal, donde antes solo se discutían asuntos de cosechas malogradas y caminos polvorientos, retumbaban ahora voces que exigían una postura oficial ante la presencia del pájaro. Tras largas horas de debate, acordaron declararlo “huésped honorable”, con la condición de que no alterara la paz de la comunidad.

Lo irónico fue que la sola presencia del ave trastocó todas las rutinas. Los hombres vagaban sin rumbo, mirando hacia el cielo por si aparecían más criaturas doradas. Las mujeres, impulsadas por un fervor nuevo, preparaban festines como si esperaran la visita de un rey invisible. El aire del pueblo tenía un matiz inefable, como si se hubiera descorrido un velo entre lo divino y lo mortal.

Aquella medianoche sin luna, unos pocos insomnes y curiosos siguieron al ave hasta la plaza central, donde la niebla envolvía las farolas con un halo espectral. El pájaro desplegó sus alas con una lentitud majestuosa. Una ráfaga cálida atravesó el lugar, disipando la humedad por unos instantes. Fue como si un soplo de eternidad hubiera barrido la mugre de las calles y, de paso, las congojas ocultas en los corazones.

Quienes estaban allí lo relataron con la voz temblorosa de quien ha atisbado algo más grande que cualquier ley de la naturaleza: sintieron sus culpas disolverse, vieron sus temores evaporarse como si fuesen niebla bajo un sol implacable. Un forastero, cubierto de polvo, se arrodilló para pedir perdón por faltas que ni siquiera recordaba. Todos guardaron silencio mientras el pájaro cerraba de nuevo sus alas y se alejaba, casi disolviéndose en la penumbra con la suavidad de una sombra alada.

Se decía que en los ojos apagados del ave cabían todos los otoños y primaveras desde la aurora del mundo. Parecía haber volado tanto tiempo que la alegría, la pena y cualquier emoción humana se le habían fundido en un cansancio sin memoria. Un médico jubilado, don Casimiro —que solo aparecía en el pueblo para surtirse de tabaco y pan— sugirió que lo único que esa criatura deseaba era un lugar donde morir en paz. Aquellas palabras aterraron a muchos. ¿Cómo aceptar que algo tan extraordinario anhelara nada más que el descanso eterno?

Los ancianos contaban que en la penumbra de sus plumas se adivinaban fracturas invisibles, como cicatrices viejas. Otros, más osados, juraban que era un dios que, habiendo cargado demasiado tiempo con las aflicciones de la humanidad, ahora buscaba un rincón sin ruido ni devoción.

Una madrugada, las campanas de la iglesia comenzaron a repicar sin que hubiera nadie para moverlas. Quienes corrieron a averiguar encontraron el campanario vacío, azotado por un viento frío que cortaba la respiración. En el cielo, adonde todos dirigieron la mirada, no había rastro del ave. Algunos afirmaron haber visto un fogonazo dorado elevándose con el bramido lejano de una tormenta. Otros sostenían que se marchó con un aleteo imperceptible, suave como el suspiro de un moribundo. En cualquier caso, ni una pluma quedó tras su huida.

Las secuelas de su partida resultaron tan sutiles como contundentes: las grietas de la iglesia aparecieron selladas de un día para otro; los pozos, que habían amenazado con secarse, rebosaban de agua clara; y un pasto verde y tierno empezó a asomar entre las piedras polvorientas de los senderos. La gente, sorprendida, se preguntaba si aquello era un obsequio del pájaro divino o simplemente una coincidencia primaveral. Pero en lo profundo de cada corazón, todos compartían la certeza de haber presenciado un milagro que los había sacudido hasta los huesos.

Con el paso de las estaciones, la presencia del ave se fue convirtiendo en rumor, y luego en leyenda. Los viajeros que llegaban al pueblo escuchaban historias fantásticas sobre un pájaro que podía ser un dios cansado, un ángel extraviado o un mensajero del alba. Sin embargo, para quienes vivieron aquellos días, las palabras nunca alcanzaban a describir el resplandor solemne de las plumas o la infinita tristeza de su mirada.

Al mirar el cielo brumoso de ciertas tardes, algunos pobladores juraban sentir de nuevo aquel aleteo profundo, como si un eterno huésped sobrevolara el pueblo . Otros preferían guardar silencio, temiendo que hablar demasiado del misterio fuera a disiparlo. Lo único cierto es que, tras la partida del ave, el pueblo jamás volvió a ser el mismo.

Y así, en la memoria colectiva quedó atesorada la visita de un ser que vino del cielo con alas de escamas doradas.

Muchos creyeron ver en él a Dios; otros, a un viajero extraviado de un reino extinto. Nadie lo supo con certeza, pero su recuerdo siguió flotando entre las calles brumosas de aquel pueblo bendito.

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