Los monstruos solo existen en la inexistencia del propio monstruo. En la sombra que se estira cuando nadie la mira, en el reflejo que se quiebra apenas con el parpadeo. Son la grieta en la pared donde nada debería estar, la respiración que se escucha en el cuarto vacío. No tienen forma hasta que se les nombra. No tienen nombre hasta que se les teme.
Mientras no se le nombra, el monstruo es una ausencia con forma de amenaza. Un presentimiento detenido en la orilla del mundo. Su territorio es la incertidumbre: se mueve en los bordes, en lo que nunca se dice. Pero basta un nombre para encerrarlo en un cuerpo, para domesticar su caos con la frontera de una palabra. Al nombrarlo, se le da existencia; al existir, se le encierra. Sin embargo, en este acto no se le destruye, sino que se le abre la puerta a sí mismo.
¿Qué es un monstruo cuando ya tiene un rostro? Ya no es el abismo en el que todo cabe, sino un límite concreto, una forma con peso, con historia. La mirada ajena lo define y lo confina. Lo observa como una amenaza, lo describe en su diferencia. Pero el monstruo no nace monstruo. Se vuelve tal cuando el miedo lo ve y lo esculpe, cuando alguien traza su contorno y lo empuja fuera de la norma.
Entonces el monstruo comprende. No fue él quien eligió su forma, sino el mundo el que lo miró y lo encontró extraño. Descubre que es otro no porque se sienta ajeno a sí mismo, sino porque la mirada ajena lo ha expulsado de lo humano. Y aquí se abre el dilema: ¿aceptar la condena de lo monstruoso o cruzar el umbral y reintegrarse en su propia piel?
No hay monstruo más terrible que aquel que ha comprendido su propia existencia. Porque ya no huye ni se esconde. Porque ya no niega su sombra, sino que la habita. La palabra que lo nombró, la misma que lo desterró, es ahora su hogar. No se oculta, no lucha por encajar. Se reconoce en la diferencia y en ella se afirma.
El que teme es quien otorga la monstruosidad. Pero aquel que ha sido llamado monstruo y ha aceptado su sombra ya no es presa del miedo ajeno. Ha domado su reflejo, ha hecho de sí mismo su propia morada. Y así, sin nombre y con todos los nombres, el monstruo deja de serlo.

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