La mujer llegó al pueblo al anochecer. No recordaba cuánto tiempo había caminado ni de dónde venía exactamente. Solo que sus pies estaban hinchados y su sombra se alargaba sobre el polvo como si no quisiera seguirla más.
Golpeó la puerta de la primera casa que vio. Una anciana la miró con ojos grises y la dejó entrar sin preguntar nada.
Mientras llenaba un plato con caldo humeante, murmuró sin mirarla:
—Hace mucho que no viene nadie. Acá solo llegan los que fueron nombrados.
Empujó el cuenco hacia ella y se sentó al otro lado de la mesa.
La mujer tomó la cuchara sin hambre, pero bebió de todos modos. El caldo estaba tibio y espeso, con un sabor difícil de reconocer. Afuera, el viento crujía contra las paredes de la casa.
Durmió en una cama baja, en un cuarto donde la noche se sentía más larga. Soñó que caminaba por calles sin rostros, por senderos que se deshacían detrás de sus pasos. Al despertar, la casa estaba vacía.
Salió.
El pueblo estaba inmóvil. Las puertas de las casas entreabiertas, como si alguien acabara de salir o nunca hubiera entrado. No había huellas en la tierra, ni voces, ni señales de vida. Caminó por la plaza, sintiendo el aire pesado, espeso como agua estancada.
Y entonces lo vio.
El anciano sin ojos estaba sentado en el centro de la plaza, con la cabeza ladeada, como si escuchara algo en el viento.
—¿Dónde están todos? —preguntó ella.
El anciano ladeó la cabeza con lentitud, como si escuchara algo que ella no podía oír.
—Este pueblo es viejo, pero nadie lo ha pisado.
La mujer sintió un escalofrío.
—¿Por qué estoy aquí?
El anciano sonrió y, sin prisa, inclinó el cuerpo hacia adelante. Con la punta de los dedos tocó la tierra seca y la removió apenas, como si plantara algo invisible.
La mujer sintió que el aire cambiaba a su alrededor. Primero fue solo un estremecimiento en el suelo, un parpadeo en la luz, pero luego la plaza entera se disolvió como si no hubiera estado nunca.
El pueblo, las casas, la plaza, todo pareció estremecerse, desdibujarse como un reflejo en el agua. La luz se quebró en hilos delgados y el suelo se disolvió bajo sus pies.
Cuando volvió a sentirse en un lugar, el sol caía pesado sobre la tierra, agrietada por el calor. Frente a ella, una niña descalza jalaba con ambas manos la cuerda del pozo. El balde emergió con lentitud, reflejando un fragmento del cielo opaco. Lo sostuvo con esfuerzo, cuidando de no derramar nada. La cuerda aún oscilaba cuando escuchó la voz de su padre llamándola.
—Ven, hija.
La niña giró la cabeza. A unos metros, su padre la esperaba con la mano levantada. Su voz era firme, sin apuro. Ella asintió y avanzó, pero en su primer paso tropezó apenas con una piedra. No fue un tropiezo grande, solo un movimiento torpe, mínimo, pero suficiente para que el balde se le resbalara de las manos y cayera con un golpe seco. El agua oscura se esparció en la tierra como una herida abierta.
La niña jadeó. Se apresuró a recoger el balde y, sin mirar, corrió de vuelta al pozo. Volvió a llenarlo. Esta vez se aseguró de sostenerlo bien.
Cuando se giró, su padre ya no estaba.
El viento cruzó el patio y el olor de la leña quemada flotó en el aire. La niña permaneció quieta. Miró la casa, el camino, las sombras largas que se estiraban bajo los árboles. No entendía. Solo sintió un peso en el pecho, una ausencia que nunca pudo nombrar.
El aire se tensó. Algo crujió en la luz.
Y entonces la niña dejó de ser niña.
Ya no estaba en el patio. Ya no sostenía el balde. Sus manos eran otras, su cuerpo otro. El tiempo, que había permanecido detenido en ese instante, por fin se movió.
Más allá de la casa, entre el polvo del camino, unos hombres se lo llevaban. No lo llamaban, no le decían nada. Solo lo tomaban del brazo y lo alejaban. Él no opuso resistencia, pero cuando estaba a punto de desaparecer, se detuvo un instante y giró la cabeza.
Por un segundo, la miró.
Ella sintió el aire espesarse. Toda su vida había recordado ese momento solo como un vacío, un instante en el que su padre dejó de estar. No hubo palabras. No hicieron falta. El tiempo se cerró como una puerta.
Estaba de nuevo en la plaza. El viento cruzaba lento entre las casas. El anciano ya no estaba. Frente a ella, solo la tierra removida donde había tocado con los dedos.

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