Cuando era un niño y mi papá tenía la edad que tengo hoy, mi abuelo murió.
A veces, cuando el crepúsculo se funde con la oscuridad y las primeras estrellas comienzan a titilar con timidez, mi mente viaja a una noche en particular de mi infancia. Una noche en la que, con la inocencia propia de mis cinco años, hice a mi padre una pregunta que, ahora me doy cuenta, llevaba el eco de muchas vidas: «¿Desde cuándo te conozco, papi?»
Aquella vez, sentados a la orilla de un lago que reflejaba y contenía el universo, mi padre no respondió de inmediato. Observé cómo su mirada se perdía entre las estrellas duplicadas en la superficie del agua, como si buscara en ese espejo la respuesta adecuada para un alma tan joven como la mía.
«Desde antes de que las estrellas empezaran a cantar,» dijo finalmente, con una sonrisa que escondía más de lo que revelaba. “Te conocí cuando solo éramos la promesa del próximo verso, esperando ser cantados.»
Mi mente infantil luchaba por entender. «¿Éramos amigos entonces? ¿O éramos enemigos en alguna guerra olvidada?»
Recuerdo que su risa de siempre, se mezcló como un susurro en el viento. «Todo eso y más. Hemos sido todo lo que uno puede ser para el otro. Pero no importa el disfraz que hayamos tenido, siempre nos hemos de encontrar después de la muerte.»
«Y entonces… ¿Por qué existe la muerte?” insistí, con la terquedad de quien no conoce el fracaso.
«Porque hay cosas que están escritas en las estrellas,» explicó, apuntando hacia el cielo ahora plenamente estrellado. «Es un misterio, sí, pero también un regalo. Y la muerte… la muerte solo es una pausa, un silencio que nos prepara para reencontrarnos siempre en la eterna canción del universo.»
Esa noche, mientras las estrellas continuaban su antiguo canto y el lago susurraba historias de otros tiempos, me acurruqué más cerca de su figura, buscando el calor y la seguridad que solo él podía ofrecerme. Sabía, aunque no completamente, que aquella conversación sería como la piedra que causa ondas infinitas en el agua quieta.
Ahora, a mis 37 años, esas palabras resuenan con la claridad que solo el tiempo y la memoria pueden conferir. Entiendo que cada vida ha sido una nota en la sinfonía de todas las almas eternamente entrelazadas.
Cada vez que levanto la vista hacia las estrellas, siento el eco de su voz, asegurándome que, en alguna forma, seguiremos encontrándonos más allá del tiempo y del olvido.

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