Puros Cuentos

Cuentos breves con alma larga. Aquí las historias respiran lento, entre lo cotidiano y lo imposible.

Ejutla

El periódico sobre la mesa anuncia mi muerte. Mi nombre aparece en el titular, acompañado de una foto borrosa de un coche destrozado. Según la nota, morí en un accidente en la carretera a Ejutla. Lo leo despacio, buscando encontrar una explicación que encaje con mi presencia. Siento el papel en mis manos, el peso del hambre y la nuca fría.

Aurora debe haberlo leído ya. Imagino su rostro al pasar los dedos por las letras, buscando una explicación. En casa, el silencio se habrá roto con un llanto contenido. Pienso en mis hijos, en cómo intentará explicarles lo que ni ella misma entiende.

Llegué al pueblo por un asunto práctico, un encargo. Mi abuelo dejó unas tierras que debían resolverse, pero la carretera era traicionera y el sueño me vencía. Recuerdo el golpe del volante, los matorrales acercándose y el aire frío al salir del coche destrozado. Caminé hasta un convento que reconocí de inmediato, aunque parecía más viejo y mucho más quieto. La niebla cubría los muros altos cuando toqué la puerta.

La portera me abrió sin sorpresa, con esa mirada que atraviesa el tiempo. Sus labios no se movieron, pero entendí la advertencia en sus ojos. Me condujeron por pasillos vacíos, hasta un cuarto donde las paredes parecían respirar. La madre superiora habló poco; su desconfianza lo decía todo. Rezaban por mí, aunque no decían por qué.

Las horas, los días —o lo que sea que transcurra aquí— pierden forma. La comida sabe a tierra, y el aire pesa como plomo. Salgo del cuarto una noche. Las hojas secas crujen bajo mis pasos en el patio, mientras un rezo se alza desde las alturas. No sé si es plegaria o lamento. 

La puerta encadenada me llama desde el otro extremo. Siempre supe que terminaría frente a ella.

De niño, cuando veníamos cada año, se hablaba de un diablo atrapado allí dentro. Ahora las cadenas vibran. Algo en mi interior responde. 

Me acerco, las cadenas se tensan y luego caen. La madera cede con un susurro que lleva mi nombre. Es oscuro adentro, profundo y sin retorno. La portera grita, corre hacia mí, pero ya es tarde. Siento un tirón, como si mi propia sombra decidiera arrastrarme. Algo termina por jalarme desde adentro, y la puerta se cierra con un golpe seco.

En casa, veo a Aurora que encuentra el periódico sobre la mesa. Sus dedos tiemblan al pasar por las palabras que confirman mi muerte. Una lágrima desciende, suspendida por un instante, y luego se rompe.

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