Puros Cuentos

Cuentos breves con alma larga. Aquí las historias respiran lento, entre lo cotidiano y lo imposible.

Mamá.

Recuerdo aquella tarde nublada de marzo, el parque casi vacío, las hojas danzando con el viento frío que picaba la piel. Tenía siete años y un miedo atroz a los truenos que amenazaban con romper el cielo. «Mamá, ¿y si el cielo se cae?» pregunté, con la mirada perdida en las nubes que se arremolinaban como los pensamientos en mi mente.

Ella sonrió, su mano cálida en mi hombro, y dijo, «El cielo no se cae, mi vida. Está sostenido por hilos tejidos por Dios, como los que nos unen a nosotros.» Su voz era la certeza en medio de mi mundo de incertidumbres.

De su bolsa sacó una cometa, desgastada pero firme, y juntos la elevamos sobre el parque. «Mira,» me enseñó, su voz mezclándose con el murmullo del viento, «siempre que la cometa vuele, el cielo estará en su lugar, seguro y sonriente para ti.» Ese día, bajo la protección de sus palabras, los truenos se convirtieron en música y mi miedo en fascinación.

Hoy, de pie ante su tumba, el eco de aquellos días retumba en mi mente, fuerte como la cometa enfrentándose al viento. Esos momentos, de aparente simplicidad pero de profunda significación, formaron la esencia de quien soy. Mamá, con su sabiduría que parecía abarcar el infinito, nunca permitió que el miedo me detuviera. Ella era el faro que iluminó mi camino con amor y firmeza.

«¿Dónde estás, mamá?» susurro a las sombras que se mueven detrás mío, aunque sé que solo el viento puede responder. «Gracias por enseñarme a volar, incluso cuando el cielo parecía caer.»

Aquellos días de juegos y risas, parecen pertenecer a otra vida. Sin embargo, aquí, en este lugar donde los finales se entrelazan con los comienzos, siento su presencia tan palpable como la cometa en mis manos temblorosas de niño. Algunas veces encuentro su voz en los susurros del viento diciéndome suavemente: «El cielo está seguro, mi vida». Y me gusta pensar que ahora, mamá es parte de los hilos que lo sostienen.

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