Punto y Aparte

Solía escribir en una libreta todos los días. Meticulosamente calculaba el número de palabras para llenar los renglones hasta el margen y podía darte una explicación de media hora sobre cada signo de puntuación que había utilizado. Todo estaba planeado hasta el más mínimo detalle, cada sinónimo, cada metáfora, no había nada escrito sin una justificación específica.

En cada hoja no existía una sola “i” sin punto ni una esdrújula sin acento. Cada bloque de texto era perfecto por sí mismo y se alineaba milimétricamente con el anterior, letra por letra. Un solo error era motivo suficiente para arrancar la página y comenzar de nuevo. Por lo mismo no se le escapaba ninguno y se jactaba de aquello.

Anotaba lo que veía, lo que vivía. Detallaba cada aspecto y cada acontecimiento pero no fue hasta hace unos meses que escribiría de ella por primera vez. Era un párrafo perfecto que la describía de pies a cabeza. La estructura era impecable y como de costumbre la forma del texto era completamente simétrica a los de la hoja anterior, más nunca había escrito sobre una persona. Había utilizado la palabra “persona” al rededor de cinco veces en el último año pero nunca como el sujeto de una oración y mucho menos el tema de la historia. Pero este párrafo era ella, una fotografía precisa de lo que había visto. Contaba con la misma calidad que cualquier otro, la misma estructura y la misma forma impecable, pero por alguna razón le tomaría el doble de tiempo redactarlo.

Al día siguiente añadiría otro relato. Después de varias horas terminaría por escribir más de cuatro hojas por los dos lados. Arrancaría dos. No sabía su nombre pero escribir sobre ella lo forzaba a salirse de lo ordinario, escribir a distintas horas del día, sentado en el piso, en el metro camino al trabajo… Semana a semana llenaría cuadernos enteros analizándola. Cómo caminaba, qué decía, a qué olía…  Nunca se saltaba un espacio ni escribía sin acentos. Sin embargo, llegó un momento en que nada le importaba: las oraciones no hilaban, los adjetivos no hacían sentido, utilizaba palabras en otro idioma, se comía letras, renglones. La intención, la tipografía, los verbos, el tono; todo iba en contra de lo que por años consideró correcto. Anotaba frases enteras sin usar comas, sin mayúsculas. Ponía lo primero que se le venía a la cabeza y cerraba rápidamente el cuaderno sin dudarlo por un segundo.

Era un desastre, pero era su desastre, y aún estando mal escrito, era por ella qué estaba así y ver cada error le robaba una sonrisa. Su redacción ya no era perfecta, su ortografía ya no era perfecta y no le importaba, mientras que al ver lo que escribía la viera a ella. Le temblaban los dedos y le sudaban las manos encontrando palabras para definir lo que soñaba. Pasaba días enteros inspeccionando el diccionario de arriba a abajo, meses buscando esa palabra que de un simple vistazo lo dijera todo.

Nunca arrancaría una hoja de nuevo. Año con año acumularía cuadernos y cuadernos.
 Agregaría dibujos, colores, recortes, dejaría la mitad de la hoja en blanco, oraciones incompletas, comentarios al margen… A lo que escribía no le hacía falta nada ni le sobraba nada, pues a partir de ese momento lo único perfecto que necesitaba en su vida era a ella.

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